viernes, 14 de noviembre de 2014

La visita a las Comunidades



Me gustaría hacer un paréntesis en mis relatos para tratar de actualizar el diario y no dejar que la dejadez y el continuo devenir de los días dejen el intento en un imposible. 

Retomaré el diario por mi visita a las comunidades, lo veo ya tan lejano, y solo hace un mes. El tiempo se alarga mucho cuando vives en un lugar diferente, cada día algo te sorprende, aprendes una cosa nueva, conoces a alguien, surge algún proyecto y todo eso congela el tiempo de uno mismo, hace que pase más lento y parece que vivas más. ¿Y envejezco antes? Espero que no jeje.

Desde que llegué a la escuela se acordó que acompañaría a los estudiantes en el período en el que van sus casas a trabajar. Me dijo Don Salvador: “Para entender la importancia del proyecto y saber con quiénes estamos trabajando, sería bueno que fueras a conocer de dónde vienen”. Cuando la escuela vivía tiempos de bonanza, durante ese periodo los maestros visitaban las familias de los alumnos y, de esta forma, se disponía de un conocimiento más profundo sobre el entorno del alumno. Ahora apenas hay contacto. Ni los maestros van ni los padres vienen. Las distancias no son tan largas, pero los caminos (o falta de ellos) y las malas conexiones de transporte hacen que una visita sea una jornada maratoniana y cara. Además, muchos papás y mamás no se pueden permitir faltar un día al trabajo, ni el campo ni el cuidado de la familia entienden de vacaciones. Suena machista, pero así es.
 
Por eso, no podía estar más de acuerdo con la idea de llegar a conocer, además de apoyar y hacer patente la presencia de la escuela en las comunidades. Algunos maestros  dudaban sobre mi seguridad y es cierto que no había seguridad ninguna más allá que la de la compañía de los alumnos, pero tampoco tenía por qué pasar nada. Y nada pasó.

Mi destino iba a ser las Comunidades más alejadas de la Sierra Lacandón, cerca de la frontera con México. Allí aún no han llegado la luz ni el agua corriente. El viaje fue largo. Unos 250 kilómetros en ocho horas. El primer día tuve bastantes nervios, los normales, los del bicho raro que llega a un mundo nuevo, desconocido. Ese bicho raro es el blanco de todas las miradas descaradas y curiosas y, como si fuera un famoso, debe de saber lidiar con esa presión y superar cualquier tipo de vergüenza.


La idea era ir visitando cada día a una familia, estar con ellos, conocerlos y ayudar al alumno con la tarea, que ese día no iba a trabajar porque estaba ‘el maestro’. La figura del maestro me recordó a la de la España rural que cuenta mi abuela o he leído en los libros de historia o queda retratada en la película ‘La lengua de las mariposas’: La persona que sabe, piensa y que es influyente dentro de la comunidad. Obviamente, esa es la figura del buen maestro, pero la realidad me mostró que en la escuela pública rural la educación es muy deficiente.

La acogida de las familias fue increíble. Siempre trataron de darme todo lo mejor que ellos tenían a pesar de quedarse con menos: el plato más lleno, la mejor cama, la mejor comida… Yo no quería que fuese así, pero es imposible discutir. Me sentía mal, pero lo mejor era aceptar el rol. Según me dijo Reynaldo, el director de la escuela: “Es un honor que alguien vaya a tu casa a visitarte, se valoran el esfuerzo y las molestias que uno se toma para llegar hasta allí, a la plena selva”. También me dijo: “Esta semana vas a comer bien, en cada casa te matarán una gallina”. Sabía de lo que hablaba. Yo ya me había acostumbrado al maíz y el frijol a diario, pero se agradeció el cambio. Así, cada vez que llegaba a una casa, a los 30 minutos veía un reguero de pollitos corretear hasta la cocina. Digan lo que digan, los animales también tienen vínculos emocionales.  


La dieta en las comunidades de la sierra es variada. Es cierto que se consideran pobres, que no tienen dinero si les surge una emergencia, pero hambre no suelen pasar. La tierra es fértil y además de los bendecidos maíz y frijol, hay árboles frutales, verduras, hortalizas, huevos, animales… y lo más importante: ¡NO HAY QUE REGAR! La tierra es fértil, húmeda y llueve en abundancia. Platicaba yo con los papás y no les creía cuando me decían que ni uno solo de ellos gasta tiempo en regar, las plantas crecen solas. Yo les comentaba los problemas que hay en España con el agua y les trataba de concienciar para que la cuiden, la conserven y la almacenen. Es por este motivo que en los lugares que he conocido desde el gobierno no hay ninguna sola política al cuidado de esta fuente de vida tan menospreciada cuando es tan abundante. Hay mucho trabajo que hacer en ese campo, incluso para mejorar técnicas de cultivo.

Como dije mi única labor consistía en  colaborar con la tarea y sentía que no hacía nada para todo lo que estaba recibiendo.  Pero por otra parte, sí es cierto que nadie más que yo podía ayudar al alumno. Los caminos son tan difíciles y las condiciones tan adversas que al conocimiento, a la labor intelectual, también les cuesta acceder. Pero aun así yo quería apoyar más y decidí fotografiar a todas las familias y regalarles una copia como recuerdo. Una foto de calidad es un bien caro y preciado, sobre todo viendo la mierda de trabajos que hacen los fotógrafos ambulantes que pasan por allí: precios desorbitados, fotos con celular y montajes cutres y horteras. Fue bien gracioso ver a todos poniéndose sus mejores galas para la ocasión. Claro, es algo que va a perdurar y querían estar lo mejor posible. Para mí la foto perdía el encanto, pero el tipo de foto que yo buscaba era otro. Y esa foto era para ellos.

También tuve la oportunidad de enseñar a la mamá de un alumno a hacer tortilla de patata. En cuanto le dije los ingredientes y que era una comida que solían hacer los pobres en España se le iluminaron los ojos. “Los tengo todos, me dijo”. Como se puede suponer, en la casa tampoco había gas y cada mañana la mamá, como todas las demás mamás, se levantaba a hacer el fuego antes que el sol, en esas horas del alba, cuando la selva despierta gritando, llena de vida. Para mí era la primera vez que la hacía a leña. El resultado fue genial y ahora será increíble cuando llegue otro español y ella sepa ya cocinarla, ¡menuda cara se le va a quedar! Pero esto de que una mujer me dejara entrar en la cocina fue un caso excepcional de una familia más liberal que la media.

El machismo es una cosa tan normal que no existe el concepto de machismo. Los roles están bien diferenciados y aceptados. Aunque hay cambios ligeros en las nuevas generaciones, aún queda mucho por hacer. Los niños van al campo y las niñas a ayudar en la casa. La mujer es una fábrica de hijos y los papás muchas veces deciden cuándo y con quién se va a casar.  Se han dado casos que incluso venden a sus niñas. Por eso no siguen estudiando. Exagerando un poco, me da la sensación de que en términos prácticos, un hijo es una bendición, fuerza de trabajo y fuente de ingresos y una hija una molestia a la que quitarse de encima cuanto antes.

El hombre tiene que ser muy hombre para mantener a toda la familia, ha de trabajar mucho, duro, por eso ha de tener el plato en la mesa y no mover ni un dedo. Por eso a veces no hay comunicación entre el papá y los hijos cuando son pequeños, apenas se ven.

No pude mover ni un vaso ni fregar un plato, ni recoger la mesa. Era una tarea de las mujeres que, además de cocinar, si no había sitio no tenían derecho a sentarse y si no había comida pues no comían o comían otra cosa. Me chocaba bastante esta situación, pero estaba tan normalizada que lo violento hubiese sido tratar de darle la vuelta. No era el momento ni el lugar, ni contaba con las herramientas necesarias, entre ellas el tiempo.

Al conocimiento le cuesta llegar, pero hay otras cosas mucho más cotidianas que tienen ellos y yo no. He de decir que me sentí el más tonto de todos cuando el papá de un alumno me ofreció montar a caballo y yo andaba medio asustado diciéndole que nunca lo había hecho. Pregunté y hasta el niño de 6 años sabía galopar. Me parece que era yo el único idiota de toda la aldea que no sabía montar a caballo. Así que lo intenté y como era una yegua mansita no tuve problema en manejarla. Me quedé con ganas de más.

La visita duró solo 6 días porque el 12 de octubre debía salir para Tikal, unos alumnos de la escuela iban a participar en la celebración del Día de la Resistencia Indígena para dar cuentas al mundo que los mayas no existieron, existen, están bien vivos y quieren seguir conservando su identidad y su idiosincrasia como pueblo. Fue un día pasado por agua, pero un día que mereció la pena ver y fotografiar. Algunos medios publicaron mis fotos.

Me fui con algo de pena,  el tiempo se me hizo corto y no pude compartir con todas las familias, que me invitaban al menos a comer o a tomar té. La verdad es que me quedé con sensaciones incompletas, con ganas de volver y seguir conociendo. Es cierto que es útil, la relación con el alumno cambia, se crean mejores relaciones de confianza y se motiva para estudiar. La escuela toma forma física en la figura del maestro, lo que hace más fácil la implicación del papá para la educación de sus hijos. Se humaniza más y se profundiza el trabajo.

Seguiré actualizando, pero la novedad es que ahora escribo de nuevo desde el Caribe, de nuevo desde Playa del Carmen. Otro mundo completamente diferente al que conocí, Meca del consumo y el derroche, donde se tiran toneladas de comida de los Resorts y el turista solo viene a gastar por gastar grandes sumas de dinero que bien harían falta para pagar los sueldos de los maestros o para que en la escuela se variara un poco más el menú. Qué contradicción, y pensar que no están tan lejos un mundo del otro. Tan solo un viaje de 10 horas.
El caso es que llegué hace dos días y en dos horas tengo una entrevista de trabajo como fotógrafo. A quien se lo diga en España no se lo cree. Se acerca la temporada alta y quizá sea una buena oportunidad para aprovechar y sacar algo de dinerito y ahorros. La contradicción es tal que yo también soy partícipe y vengo a aprovecharme de la ocasión. Una de cal y otra de arena. Por cierto, se me hace raro, pero cada vez siento que escribo más y que aún así se me quedan muchas por contar. Creo que es buena señal. Ya voy agarrando algo de ritmo. ¡Seguiremos informando!

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