sábado, 6 de septiembre de 2014

On the road to Guatemala III (The End of the road)



 Alguna vez me ha pasado que un simple detalle puede hacer cambiar cualquier situación y además ser consciente de ello y tener en las manos ese motor, posibilidad de cambio. Pero casi siempre que viajo en tren, avión o autobús suelo dedicar ese tiempo para mí, para leer, reflexionar o dormir. Nunca me apetece entablar conversación  con nadie y seguramente por eso siempre he pensado: ‘¿Qué pasaría si lo hiciera, qué cosas cambiarían en el viaje? ¿El rumbo quizá?’


‘¿Sabes cuánto dura el viaje?’, le pregunté a la única chica que había en el autobús, sentada frente a mí. ‘Sí, dura como 10 horas, así fue la última vez que vine.' No era mi intención hacerlo, pero solo una pregunta cambió lo que iba a ser un viaje largo y aburrido entre Chetumal, Ciudad de Belice y la isla de Flores. Dos franceses cincuentones, amanerados y bastante serios, una chica guatemalteca, aunque de piel bastante blanca, y yo. Más el conductor, esos éramos toda la tropa. Y pensar que estaba padeciendo por si no iba a tener sitio en el bus al llegar tarde…

Sin darnos cuenta comenzamos a hablar y hablar y reír hasta llegar a la frontera de México.  Allí tuve que prestarle pesos para salir del país, esto de las fronteras es un negocio redondo.. Casi 20 euros como impuesto de turismo. Si no los pagas no puedes salir. Luego en la frontera de Belice, ella tuvo que prestarme a mí varios dólares y quetzales para pagar, ya que no me aceptaban euros. Al final me aceptaron lo que faltaba y me timaron. Fallo técnico el no cambiarlos todos a dólares…


Universitaria ella, tenía 34 años, dos hijos, esposo, una vida normal,  una alegría jovial y mucha vitalidad. Pero lo más sorprendente es que tenía  un pensamiento bastante abierto para lo que es la idiosincrasia tradicional de Guatemala. En el viaje tuvimos tiempo de conocernos bien y de que me hiciera un primer retrato del país, un acercamiento a las comunidades y a la cultura, lenguas y tradiciones.

Las sincronías que siempre me acompañan me ayudaron de nuevo.  Irene vivía cerca de donde yo iba así que me dijo que me presentaría a su familia y luego me llevaría allí. ¿Seguro que son casualidades? Prefiero ni planteármelo, solo aprovechar. Todo va bien. Me sentí muy afortunado, un  privilegiado por conocer y haber conocido buena gente con la que compartir experiencias, sonrisas y buena onda. Qué gran favor el que alguien te dé confianza y tranquilidad nada más llegar a un lugar donde todos los focos se mueven hacia ti, donde eres un caracolito extraño y perdido, con la casa a cuestas .

Yo debía llegar a casa de María, otra couchsurfer, a un lugar llamado San Benito, a las afueras de la ciudad  y andaba algo nervioso de cómo iba a llegar hasta allí. Las indicaciones habían sido en plan ‘una vez pasada la escuela, tercer edificio verde, segundo camino a la izquierda, cuarta casita lila.' Como me equivocara ya podía perderme dando vueltas en una maraña de casas y escuelas de colores. No sabía donde iba ni si la zona era segura o peligrosa, así que no valía perderse, sobretodo por ir cargado con mochila, maleta y demás abalorios. Odio ir tan cargado y con tanto apego por las cosas. Allí en las afueras, las calles no tienen nombre, ni farolas, ni asfalto y solo unas pocas tienen drenaje. Las demás funcionan con un pequeño sistema de acequias. Otras simplemente conviven con el agua residual. 

Dimos alguna que otra vuelta, pero allí me dejaron, frente a la casa de mi segunda desconocida a la que iba a entregar toda mi confianza, y viceversa. Me despedí de Irene y su familia regalándoles el último trozo de lomo ibérico y con la promesa de visitarlos en un futuro. 

Como mi anfitriona no estaba, me recibió la mamá de María, que andaba con su nietecito de 5 años. Ellas viven  en una parcelita con dos casas separadas por césped, gallinas, pollitos y un perro desconfiado, de los que no agitan el rabo. Nada más llegar ya me hice una imagen de lo que es Guatemala. El área que se suponía urbana, era bastante rural, ¿cómo sería el área rural pues? La señora andaba lavando la ropa en el lavadero. Y al ladito cocinando unos frijoles al fuego de leña. A pesar de ser muy acogedora, la señora se mantenía un poco distante. Ahí vi la primera diferencia de caracteres con México. En Guatemala cuesta un poco más tomar confianza. Quizá se parezca más a Galicia, cuesta, pero una vez se tiene es para toda la vida. Tardamos un par de horas en entablar conversación, pero luego me acompañó a la tienda (llevaba casi 20 horas sin comer), me invitó a café y platicamos un ratito. 



En el barrio los perros, los patos, las gallinas, los caballos y algunos cerdos atléticos pero igual de guarros campan a sus anchas, bien bebiendo aguas de las acequias o comiendo hierbajos. La zona a la que me he venido de nuevo es….VERDE Y HÚMEDA, aunque esta vez extremadamente  calurosa. Ya cuando vino María yo ya estaba como en mi casa. Platicamos hasta que se me cayeron los ojos. Es una chica bien activa en la lucha por concienciar y apoyar a las comunidades. También andaba metida en política. Una voz joven para tratar de cambiar un país aún subdesarrollado, con muchas carencias, un gobierno corrupto y los recursos en manos del mejor postor.
 
La casa era una especie de santuario del Couchsurfing, las paredes estaban pintadas con frases y banderas de algunos de sus visitantes. ¡Incluso tenía un libro de visitas!  Más de 60 en dos años, no está nada mal. Me contaba que muchos de ellos se quedaron meses trabajando en algún proyecto, que alguna vez se llegaron a juntar hasta 6 y no sabían dónde meterse. Era toda una experta que sabía diferenciar entre tipos de viajeros. ¿De cuál sería yo?

Estuve solo un par de días, pues mi viaje tiene un destino. Siempre lo tiene y ese hecho me da seguridad de saber a dónde llegar, pero también me da pena, la incertidumbre es un gusano que me gusta que baile en la tripa. Es adictiva, como el chile picante. La última noche les preparé una tortilla de patata y la mamá de María estaba emocionada, no sé si por ver a un hombre cocinando o por saber cómo se hacía, pero se acercó a la casa y no quitó ojo. Incluso me quitó de en medio por un ratito. No tuve en cuenta el factor teflón de la sartén y se pegó, menuda vergüenza presentarles así un plato típico jaja, pero pude salvar la situación y hacer algo medianamente presentable, aunque con textura de zapatilla. Pero les encantó. 

No he hecho muchas fotos por dos motivos: el primero es que hasta hace unos meses llevaba 30 años sin tener una cámara propia, todo un hito para un licenciado en audiovisuales. No estoy acostumbrado y, aunque a cada paso veo una foto perdida y me arrepiento, prefiero olvidarme de la carga de llevar una cámara tan cara y apetecible, al menos hasta que conozca el lugar y su seguridad. Este es el segundo motivo. Pero trataré de cambiar y poco a poco haré más fotos.

El domingo temprano salí para el centro de la ciudad y en el mercado, siendo el único extranjero en un par de kilómetros a la redonda, objeto de todas las miradas, agarré una de esas furgos que atan la maleta arriba y emprendí mi camino para el destino final y para lo que he venido: Voluntario en un instituto hogar de jóvenes de bajos recursos de las comunidades rurales. Pero eso ya es otra historieta!
  

 

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