sábado, 26 de marzo de 2011

Crisis

¿De verdad aún seguimos creyendo que la crisis es solo económica?
La depresión y el suicidio son las epidemias del siglo XXI, y además se manifiestan de forma más significativa en los países más desarrollados. ¿Qué le lleva a una parte de la sociedad quitarse la vida? ¿Por qué el índice de suicidios en África es irrisorio en comparación con los demás continentes?
Muchas personas no saben organizar su vida, no tienen visión a largo plazo, no saben mirar las cosas desde un punto de vista general. En un mundo que va corriendo hacia nadie sabe dónde, nadie se detiene a pensar durante más de cinco minutos.
En ciencia, se está avanzando mucho pero, ¿hacia dónde? ¿Tenemos a nuestra disposición todo lo que se sabe, o sólo lo que nos dejan? ¿Realmente progresamos cuando destruimos en apenas 150 años lo que ha estado imperturbable durante miles?
En las escuelas se enseña a memorizar, a obtener resultados, pero no conocimiento. El alumno no se da cuenta que el conocimiento va más allá del libro, que se sale del rectángulo del plano de sus hojas y, mientras sigan separados, no podrá interesarse. El ser humano está en crisis.
Estamos sufriendo una crisis humana, de razón, del elemento que nos diferencia del resto y del que tanto nos hemos vanagloriado. El mundo se le va de las manos al hombre y no sabe cómo parar lo inevitable. El hombre está en crisis, el hombre es hombre por su capacidad de razonar y su pedantería le está llevando a la quiebra técnica.

martes, 22 de marzo de 2011

Dos conceptos y una grieta


Una tarde cualquiera en una verdulería cualquiera:
- Boas tardes
- Boas tardes rapaz
- Señora, ¿no tendrá hoy alguna cosiña para tirar?
Tras unos instantes rumiando, en los que parece procesar la información, la señora reacciona:
- Espera, vou a mirar.
La señora escarba entre las cajas de verduras las que tienen peor pinta y las va metiendo en una bolsa que luego me entrega.
- Gracias, señora.
- Nada, nada...
     Me responde, agitando los brazos, seguramente pensando que no desearía verme más por ahí, o quizá sintiendo una profunda lástima por mí: “Pobrecillo, tan joven y no tiene ni para comer”.
Lo confieso y lo proclamo a los cuatro vientos: soy un pordiosero. Ya está, no era tan difícil decirlo. La verdad que no siento humillación, ni orgullo, solo lástima, lástima de nosotros mismos, sociedad saciada y opulenta: GORDA.
Pues eso, soy un consumidor gratuito de verduras, frutas y hortalizas, y no tengo que escarbar en la basura, solo tengo que ir, tragarme y disimular la estúpida vergüenza y decir las palabras mágicas. Así de fácil, ¿por qué? Hablemos de dos conceptos que en nuestras mentes van unidos, pero que debemos separar: PRODUCTO y ALIMENTO.
No voy a descubrir nada nuevo: La sociedad de consumo nos come el coco. ¿Qué es un producto? Según la doctrina de los manuales es un objeto o servicio que está creado con el fin de cubrir una necesidad y por el que el consumidor paga una cantidad fijada. Hasta aquí todo correcto, nosotros compramos los productos que necesitamos y pagamos una cantidad por ellos. Ahora bien, para que el producto sea adquirido por el consumidor debe reunir ciertos requisitos, esto es, una calidad determinada. ¿Qué ocurre con los alimentos? Son productos perecederos, se deterioran con el paso del tiempo.
Nosotros, personas convertidas en consumidores, si estamos delante de un puesto de verduras, ¿por cuáles nos decantaremos antes? Pues no hace falta entender mucho para saber que escogeremos las que tengan el mejor aspecto. ¿Qué ocurre con las que no parecen impolutas o ya empiezan a reblandecerse? Nadie las quiere, y a no ser que el verdulero sea un titiritero y el comprador un ingenuo esos pobres vegetales acabaran en la basura. 
La pregunta es: ¿Qué cojones pasa, no sirven para comer? SÍ, son alimentos que aún son comestibles, es más, están expuestos y en cualquier momento pueden caer en tu bolsa, pero NO, no se suelen vender, son productos defectuosos. Así que ahí entro yo y me aprovecho de la imbecilidad del sistema. Los verduleros lo saben y por eso me los dan. Por eso les compenso comprándoles algo.
Ya sabemos de sobra lo que es un alimento y para qué sirve, así que no voy a entrar con definiciones irrelevantes. Estoy alegre porque me ahorro pasta en esos alimentos, pero el tema es más complicado, va mucho más allá: multipliquemos ----> supermercados x ciudades x países x días= toneladas y toneladas de alimentos válidos para comer que se tiran porque no sirven para vender, porque se nos ha educado así, con los dos conceptos bien cogidos de la mano. ¿Por qué no se donan o se regalan a los que de verdad los necesitan? Otro día hablaré de la política de residuos alimenticios.

Dormimos tranquilos porque no lo vemos, no nos lo muestran. Pero qué sabrá un pordiosero.

sábado, 19 de marzo de 2011

Dulce incertidumbre

Grato placer saludar al día con el aterciopelado sabor
de sostener unos párpados macerados en ron.

Bendita resaca que te hace sentir vivo, a la vez que te mata,
llevándote pasito a pasito a la perdición.

Extraña sensación al dejar pasar las horas,
yendo sin rumbo fijo, donde sople el viento, a favor.

Contemplar como pasa el mundo y todo gira,
sin preguntarse por qué; abocados al vaivén, sin ton ni son.

Maravillarse de la grandeza de Pangea,
resoplar hálitos de humildad, encontrar el equilibrio.

Escarbar entre las cenizas, soplar y sonreír.
Aspirar bocanadas de aire fresco entre sonrisas.

Recordar todos los momentos efímeros y no olvidar.
Enfrascar los placeres y que no se pierdan, sin fecha de caducidad.

Saber que la libertad significa ser dueño del tiempo,
defenderse de los canallas que nos lo quieren arrebatar.

Creer en uno mismo, tener temple, alzarse en la cumbre.
Llenarse de optimismo, que la mano no tiemble, guiñar un ojo

a la dulce incertidumbre.


No me olvido, Sariya

lunes, 7 de marzo de 2011

Anclada

No es bueno permanecer anclada, sujeta a un espejismo, a algo que fue, a un recuerdo, o muchos. Anclada no vives, no evolucionas, te oxidas, te resecas, tejes la muerte en vida.

Los recuerdos son bonitos, profundos, pero recuerdos al fin y al cabo, hechos que ya ocurrieron. Efímero presente, eterno pasado. Es maravilloso recordar, así atrapamos los instantes y los intentamos hacer duraderos, reviviéndolos, rememorando aquellas emociones, sintiendo.

Maravilloso, sí, pero arma de doble filo, tú atrapas los instantes en recuerdos, pero los recuerdos pueden atraparte a ti: te nublan, te ciegan, te regocijas en ellos y no deseas nada más. Los aprietas, los sientes muy dentro de ti, dejas que recorran tu cuerpo, que te abracen. Por segundos rozas la felicidad. Efímera felicidad. Luego, te das cuenta de que forman parte del pasado, tu alma se resquebraja, quiebra el corazón y vomita llantos de tristeza y melancolía, ansiedad, asfixia.

El proceso es un círculo vicioso, se repite y se repite. Es un ciclo muy peligroso. Dejas de crear recuerdos, porque ya no vives en presente, vives en pasado. Por supuesto, el futuro es negro, turbulento como tus entrañas. Piensas que nada bueno puede ocurrir, de qué sirve vivir el presente...Te hundes un poco más, recuerdas, agonizas, recuerdas...

¿Cómo salir? Esos recuerdos, ¿cómo se crearon? ¿Viviendo en pasado o en presente? Ahí lo dejo, ahí está la salida.

Para empezar a cortar el proceso hay que crear nuevos recuerdos. Dejando de lado los antiguos, al menos por un tiempo. ¿Cómo? Intentando ser feliz. ¿Cómo? Luchando contra uno mismo. Sí, así es. Creo que has echado el ancla a un castillo en ruinas. No te quieres desprender de él, tienes la esperanza de reconstruirlo. ¿Utopía, quimera? No lo sé, solo te diré que las segundas partes es dificil que sean mejor que las primeras. Prefieres escarbar entre las ruinas, aún a sabiendas de tropezar y tropezar y hacerte daño, que volver a construir otro castillo, otro futuro. ¡Eh! Nadie ha dicho que sea fácil.

De todas formas hay que seguir creando nuevos recuerdos que entierren a los malos, el proceso es lento, ardua tarea, pero eso sí, hay que ser muy fuerte para empezar. Del mismo abismo que salen todos males deben salir las fuerzas para reaccionar, para intentarlo, para progresar, para derrotar a los fantasmas.

Quízá haya en tu naturaleza algún gen negativo, pesimista, que de a tu cuerpo pinceladas (o brochazos) de autocompasión, melancolía; quizá sea tu manera de sentirte viva. ¡Ojo! Es una manera, no digo que no, pero desde luego no es la única manera, es más, creo que no es LA manera. La manera hay que buscarla, y no se hace en dos días. Tampoco desde casa. Creo que a veces es mejor morder el polvo del suelo, terrenal, que andar eternamente llorando en las nubes negras del cielo. Baja, despeja la tormenta y luego, si quieres, sube de nuevo a tu nube, pero que sea blanca al menos. Es mejor para ti. Es mejor para todas las personas a las que les importas. La decisión es tuya.