Aún recuerdo cuándo me preguntaban antes de venir: ¿Pero qué
vas a hacer allí? ¿Te vas a ir así a lo loco? Yo realmente no sabía muy bien
qué responder, realmente nadie me concretó nada. Incluso podía haber sido una
mentira, ¡pero hay que confiar si la vibra es buena! Aquí no se arreglan las
cosas al 100% por internet, hay que estar en el terreno e ir viendo, por eso va
todo más despacito.
Pero ahorita sí, después de 5 semanas que llevo ubicado en
el proyecto, ya es hora de ponerme al día en este pequeño cuaderno, bitácora de
viajes que ya cumple su legislatura, cuarto aniversario desde que lo creé allá
en el Santiago da miña terra querida, de la que sigo enamorado. ¡Qué morriña
tan grande y sana padezco! Pero como dijo Míster Mercury: ‘Show must go on’. Para bien y para mal la vida sigue…
Por cierto, no sé qué pasa con Galicia, pero corren como la
pólvora las bromas y los chistes sobre gallegos e incluso muchos me preguntan
si son ciertos. Y con ellos no se refieren a todos los españoles como los
argentinos. Hasta algunos afirman conocer descendientes de gallegos y cuentan
anécdotas de su torpeza. Yo me enojo y les digo que es totalmente falso, que he
vivido allí durante un año y que empiezan a tocarme los cojoncillos. Ya me pasó
en México también y no sé a qué se deba este fenómeno, pero me temo que debe
darse en todo el continente latinoamericano, desde la Patagonia hasta el río
Bravo. El sentido común me dice que tiempos de la posguerra los gallegos más
pobres de aldeas, los analfabetos que apenas hablaban español fueron los que
tuvieron que emigrar y que, al llegar a las grandes ciudades latinoamericanas,
se las metían dobladas a diestro y siniestro. Yo les explico: ‘Imagínate a un
indígena en Madrid tratando de coger (no de cogerse) el metro. Ahí ya me van
entendiendo y fruncen el ceño. Si hasta a mí me cuesta lo del metro… Pero no
hay mal que por bien no venga y al menos la región que conocen es Galicia y no
Cataluña, Euskadi o Andalucía.
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Llegué allí un domingo lluvioso y fresco. Por fin algo de
alivio después de 10 días de intensísimo calor. Me recibió Reinaldo, quien a
sus 27 años ya es el director del instituto. Él es ex estudiante del centro, es
indígena de la etnia q’eqchi, la
mayoritaria de esta región. Ahí me explicó por primera vez el funcionamiento
del proyecto y lo que se suponía que podía hacer.
Al rato llegó Don Salvador, el fundador de la escuela, me
dio un paseo por las instalaciones y me invitó a comer. Me advirtió dos cosas
desde el primer momento: ‘Espero que no enfermés y que no adelgacés’. Acá en
Guatemala hablan de vos como en Argentina. Yo le dije que por la comida no se
preocupara, pero ya me iba a dar cuenta pronto a lo que se refería. De las
enfermedades no hay noticia.
Después de comer en un buen restaurante por 4 euros, me
dejaron un rato que descansara hasta que fueran llegando los chicos, ya que al
día siguiente comenzaba el nuevo plan. La verdad es que venía tan mentalmente
preparado a vivir con lo básico que cuando vi una habitación propia para mí con
baño me pareció todo un lujo. Pero enseguida encontré la sorpresa…
Encendí la luz del baño y vi un mosaico viviente en la pared
de hormigón, un campamento okupa de al menos 30 cucarachas que apenas se
movieron ante mi presencia, una fila de hormigas en la cisterna y unas cuantas
arañas que habían hecho de la ducha su palacete de tela. Me quedé paralizado,
sentí que yo era el invasor que llegaba
a perturbar su paz y antes de iniciar una guerra me dije: ‘Está bien, voy a
mear, yo no las molesto y ellas no me molestan. Lo de ducharme ya vamos viendo.
Estoy rodeado. 30 cucarachas fuera, las que habrá dentro...’

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Volviendo al instituto, las primeras dos semanas me dijeron
que simplemente observara y fuera conociendo a los chicos, el funcionamiento de
las clases y adaptándome al ritmo de vida. Me pareció bien, con paciencia y
poco a poco iría apoyando en lo que se pudiera.
Lo que más me sorprendió desde un principio es la disciplina
de los chicos y chicas. Ellos solos se organizan en comisiones y van atendiendo
las labores del centro: los de la comida se levantan a las 4 de la mañana para cocer
el maíz, ayudar a hacer las tortillas y repartir la comida a los compañeros,
los de limpieza se encargan de mantener todo recogido y en orden y los de
horarios apagan y encienden luces y se encargan de tocar la campana. Y lo
curioso es que ¡funciona! Luego en clase suelen atender, copian la mayor parte
del tiempo (no hay para libros), suele haber silencio y son bastante
participativos. Siempre hay excepciones, pero en general sigo muy sorprendido y
eso a mí me iba a facilitar mucho las cosas. La vida para ellos no es fácil, se
nota que han tenido que trabajar desde bien temprana edad. Las mujeres en la
casa y los hombres en el campo. Este es un país aún machista en aras del
cambio.

Esto no es como México, pero el recibimiento ha sido muy
bueno y ha hecho que no haya tenido problema en ir encajando. Poco a poco he
ido encontrando quehaceres: como al principio asistía a casi todas las clases
luego ya podía ayudarles con las tareas de matemáticas y física, con la
ortografía, con PowerPoint o Photoshop. Me he sentido curioso a veces
trabajando con Photoshop y seguidamente ir a lavar la ropa a mano o encontrarme
una carreta tirada por mulas.
También he calificado
trabajos y exámenes y he desarrollado labores de informático poniendo los
equipos a punto porque aquello era una orgía de virus. Y ahora me han dado las
claves para renovarles la página web, algo que me va a costar un poco, pero que
seguro me va a dejar buenas enseñanzas. En ese período también cubrí algunas
bajas de profesores y pude dar alguna clase de inglés, física e informática.
¡Ah! Y fotógrafo, en cuanto vieron la cámara y las fotos que hacía de repente
todos querían que les tomara fotos para que les revelara como recuerdo. Muchos
se pusieron sus mejores galas y yo les hacía posar con cuidado de no pasarme de
atrevido. Me hicieron recordar a Canarias y mi tiempo de Pepito Piscinas. La
cosa fue creciendo tanto que tuve ayer fui a revelar más de 150 fotos y decir
basta, que ya se vienen los exámenes. Chico para todo vamos…
Pero donde yo veía que podía realmente aportar algo era en
inglés. Los profesores aquí están sobrecargados de materias y la de inglés
estaba repartida entre tres profesores, que aunque sí saben algo, hacen lo que
pueden. Así que platiqué con ellos si querían darme esas clases y la respuesta
fue que sí. Un peso que les quité de encima y una oportunidad y responsabilidad
para mí, que es al fin y al cabo a lo que he venido.
La verdad es que con las condiciones creadas no se me está
dando nada mal, la clave está en ir bien preparado y planificar bien las clases
y el tiempo, mucho más en estos inicios. Hay muchos que se interesan y estudian
más por su cuenta, que me preguntan. Repito, estoy sorprendido. Les he subido
un poco el ritmo y el nivel, pero trato de hacer las clases prácticas y orales
(como nunca nos han enseñado) y la mayoría de ellos están respondiendo bien. Ha
habido algún pequeño problema, pero ya está solventado. Algunas veces el
conflicto es necesario para el cambio. Y hay que aprender a enfrentarlo.

Así que a día de hoy ya soy ‘profe-teacher’ Sergio y poco a
poco me he dado cuenta de que esto no es un juego, es un apelativo que conlleva
una gran responsabilidad. Dependiendo el momento soy un ejemplo, un referente,
un amigo o una autoridad. Tengo que vigilar mis actos y medir mis palabras. Y
hay que saber cómo actuar en cada momento. Y hay que hacérselo entender.
El caso de este instituto es particular en Guatemala, ya que
lucha por la educación de verdad. La prueba es que muchos cuando entran apenas
saben escribir español y cuando salen, si siguen estudiando en otros centros,
están entre los mejores de su promoción. Aun así el nivel está más bajo que en
España. La educación pública aquí es un desastre, todos lo reconocen. Necesita
cambios estructurales, pero ahí ya poco puede uno hacer.

Lo de la comida tiene una explicación. El proyecto comenzó
hace 13 años con fondos internacionales y todo funcionaba como la seda, comida
variada, mucho personal, buen mantenimiento, etc., pero la ayuda se ha ido recortando
y el proyecto se ha ido adentrando en una espiral de deuda difícil de resolver.
Ahora hay una crisis espantosa. Este es un proyecto trabajado por gente local y
los maestros tienen que ganar para comer y mantener a sus familias. Hace unos
años ya se bajaron el salario el 50% y
este año ya se les debe seis o siete meses. Sé que alguno está pasando
algo de hambre y alguna vez le he invitado a comer. Andan endeudados, pero se
mantienen firmes y no quieren dejar esto morir. Veremos cómo acaba. Si puedo
contaré esto con más calma. Si alguien sabe de alguna puerta donde llamar para
conseguir fondos que me lo diga. Aquí parece todo tranquilo, pero las cuentas
no dan, a mi mente europea le genera estrés esta situación.

Ya estamos en
temporada de lluvias, la ropa no se seca, pero se suda mucho y todo el día
huelo mal. El otro día llovió tanto que el váter parecía un volcán escupiendo
agua. Menos mal que me di cuenta a tiempo. Y después de la lucha contra las
cucarachas ahora llevo una lucha contra un enemigo más sigiloso y temible: los
hongos de la humedad.
Y nada esta semana acaba el plan y me iré con los chicos de
la sierra Lacandón a conocer a sus familias y ver cómo viven para hacerme una
idea de lo que significa esta escuela para ellos, aunque aún no lo sepan: una
rendija de luz, una pequeña oportunidad para salir de una vida condenada a la
pobreza, al duro trabajo del campo, para que sean líderes en sus comunidades,
ejemplos, para que no se dejen engañar y sigan con la lucha por la tierra y la
dignidad.
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