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domingo, 24 de mayo de 2015

La Tierra aún es plana



El parque de Tikal es fabuloso, virgen, bello, mágico, dejado de la mano del hombre en todo lo posible, no explotado aún. Por eso aún la naturaleza se siente en su expresión máxima y el ser humano sí se siente como un mero visitante, espectador de la multitud de aves tropicales que merodean sus árboles, custodiados por los silenciosos y tímidos monos araña, todo lo contrario que sus vecinos, agitadores y soberbios, los monos  aulladores, que esperan el pasar de los caminantes para demostrar que su rugido no tiene que envidiar nada a los grandes de las sabanas africanas. 

Para el que nunca ha escuchado el grito de uno de estos monos puede que los testículos se le pongan de corbata o los ovarios de diadema, ya que el sonido puede confundirse con un animal de grandes dimensiones, feroz y mortífero. 

 El verde es el color del parque: verde claro, verde oscuro, verde pistacho, verde magenta, verde azulón, verde óxido, todos pintados por la amplia variedad de plantas que lo pueblan.  


El calor es sofocante, ya se acerca el verano y se nota en el ambiente, pesado y húmedo. Con un sol que escuece a punzadas con cada rayito. Aitor y yo caminamos contemplando la gran metrópolis, esplendorosa, una de las más impresionantes que forjaron en toda su civilización los mayas. Pero el sol no da tregua y decidimos sentarnos a la sombra, sobre unos troncos cortados a modo de asiento.

A Tikal lo barren todos lo días para mantener despejados los caminos. De otra forma, la fuerza de regeneración de la selva se los devoraría en un abrir y cerrar de ojos. También para recoger la mierda que desgraciadamente dejan muchos nacionales, que aún no saben que hay basura que no es biodegradable y, desde luego, no saben respetar su propio patrimonio. “Es una pena, pero son los guatemaltecos los que arrojan la basura, los turistas son muy respetuosos”, nos dice uno de los barrenderos. Y cómo no serlo ante tanta belleza en lo que fue el lugar sagrado de los sabios ancestros y donde cada 12 de octubre se les rinde homenaje en la defensa de la identidad, cultura y cosmovisión mayas.

Abrimos unas galletas y comenzamos a degustarlas, sin hambre pero con ganas de comer. El barrendero sigue con su tarea, aunque cansado. El sol ajusticia a todos por igual. Nos mira buscando complicidad y le ofrezco un par de galletas, sonríe entonces y se sienta a compartir con nosotros el cobijo de la sombra.

El señor es oriundo de alguna aldea de Petén, su pelo es cano y su piel tiene el tinte de la tierra, de sol y trabajo.

- ¿De España vienen? – pregunta el hombre, demostrando que está acostumbrado a tratar con viajeros.

Le respondemos afirmativamente y comenzamos a hablar sobre las pirámides, su historia, su arquitectura, su connotación astronómica y por orden casi lógico el coloquio nos lleva a hablar del espacio y los planetas. En ese momento comienza una clase de astrofísica básica.

- ¿Y allá en España ahora ya es por la tarde verdad? – pregunta el hombre. Seguro que ya habrá hecho esta pregunta millones de veces.
- Pues ahora sí, ya casi está a punto de anochecer – responde Aitor.
- Miren, por más veces que me lo explican no lo entiendo, ¿cómo puede ser? Otra cosa les quiero preguntar: hace unos días conocí a unos chilenos y me decían que eso era el fin del mundo, que hay un lugar donde no da el sol, ¿pero cómo puede ser?
- Vamos a ver… - recojo una piedra del suelo, sacamos una linterna y entre Aitor y yo comenzamos a explicarle de forma gráfica los movimientos de rotación y traslación del planeta girando la piedrecita y apuntándola con la luz del celular, le enseñamos cómo a veces la luz no da a todos los lugares por igual, ni las estaciones son las mismas.

El señor se queda en silencio, asimila la información y nos sorprende con otra pregunta:

- Entonces, ¿y cómo es eso de que en la Biblia dice que se paró el sol? Yo es que a esos científicos hay veces que no los creo, eso de los dinosaurios por ejemplo, si no aparecen en la Biblia. ¿Y cómo es eso de que saben que tienen millones de años?

Aitor y yo nos miramos, arqueo la ceja y me niega con complicidad. Si no entiende los movimientos de la tierra quizá no sea buena idea comenzar a hablarle del Carbono 14. Seguro que pensaría que tratamos de engañarle con cuentos de ciencia ficción.

- Pues ellos tienen sus herramientas y mediante la ciencia pueden saberlo – le replico.
- ¿Pero qué herramientas? Y si todo está ya en la Biblia… A mi todo eso me suena al maligno, que quiere llevarnos con él.
- ¿Perdón?


Abrimos los ojos perplejos de lo que acabamos de oír, nos limpiamos los oídos de nuevo y el hombre insiste en que la ciencia está hecha por obra y arte del maligno, que todo lo necesario para vivir y poder ir al cielo está en la Biblia, no es necesario nada más.

Hasta ese momento nunca lo había hecho, siempre me había mostrado respetuoso con las creencias y la religión, pero en ese momento me decido a dar un pellizco de regaño a sus sólidas creencias, ver hasta dónde se tensa la cuerda.

- ¿Entonces usted sabe que los mayas existieron antes que Jesucristo y que hasta que no vinieron los españoles no sabían que existían? ¿Y sabe que hay otras culturas que adoran a otros dioses, que ese no es el único y verdadero? ¿Y no se ha preguntado nunca por qué hay más iglesias que escuelas? ¿O por qué los sacerdotes viven mejor que la gente corriente? ¿No sabe que la Biblia fue escrita por hombres como usted y como yo?

El hombre se queda en un silencio tenso, un instante de reflexión, un segundo en el que se le abren un mar de posibilidades y de incertidumbre, todo en lo que ha creído y cree parece ser un cuento de niños, una nana para mandar a dormir por generaciones a miles de pueblos por todo el mundo. ¿Y entonces qué? La nada, la duda, la incertidumbre, el miedo a la levedad del ser, no ser nadie, no a los palacios, no al cielo, no a la gracia de Dios. Un segundo, un instante… y ¡Bam! Un portazo.

El hombre reacciona moviendo la cabeza, como despertando y creo comprender su mirada, la conversación se ha dado por terminada. No le doy tiempo a argumentar palabra alguna. Le tiendo la mano con una sonrisa y le deseo buen día. Ese instante de duda me basta para comprender que a veces el respeto por la vida, dignidad y felicidad del buen hombre debe estar por encima de mi versión de la verdad.

En Guatemala, desgraciadamente, aún hay miles de personas que piensan que son pobres por la gracia de Dios, que ya se han ganado el cielo. ¿Qué pasaría si, de repente se esfumara ese Dios, lucharían por sus derechos y dignidad, por una educación que no sea dogmática, cerrarían las iglesias y se abrirían escuelas o, por el contrario, caerían en la depresión más absoluta al ver que todos sus pilares se derrumban, sería el suicidio colectivo?

De cualquier modo, no es una batalla para librar entre cuatro mordiscos de galletas. El hombre sigue con su duro y excéntrico trabajo de barrer la selva y nosotros seguimos nuestro camino tomando fotos y frustrados de que aún puedan seguir ocurriendo estas cosas y preocupados de que, a veces, la lucha insistente por el cambio pueda suponer la muerte.





 

viernes, 13 de febrero de 2015

La vuelta al cole. Del espejismo a la realidad



Casi un mes ha transcurrido desde que aterricé y se ha pasado de un plumazo. Ya lo decía Einstein, el continuo espacio tiempo es relativo y a pesar de no haberme movido apenas del sitio siento que viajo a una velocidad de vértigo, no me he dado cuenta y los días de han esfumado. Y mientras tanto el tic tac martilleándome la cabeza: ‘Escribe, escribe, escribe’.  Un poquito de pereza a la hora de sentarme a dejar de vivir combinada con un chingo de cosas que hacer, la condensación del tiempo y ¿ahora qué? Ahora se me amontonan las cosas que contar o peor aún, la memoria emocional borró algunas situaciones que hubieran sido remarcables y ahora quedarán guardadas hasta la próxima hipnosis o regresión mental.

La vorágine de los días fagocita las horas que parecen minutos y los días son solo un soplo de sol y luna, luna y sol, lluvia a media tarda y gente que va y viene. Todo gira muy rápido, se va la vida y es necesario detenerse, mirar a los lados, delante, detrás, respirar, reflexionar y tomar fuerzas para seguir adelante. Tomar decisiones…

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Llegué un sábado, aunque  los alumnos ya llevaban varios días de haber comenzado el curso. En coordinación con los astros del universo no me habían asignado ningún curso hasta ese día, aunque yo no había avisado exactamente qué día llegaba. Las sincronías siguen  acompañándome, buena señal.  Así que casi sin dormir me desenfundé mi bañador, mis hábitos de fotógrafo del Caribe y me engalané con mi camisa de cuadros y codera y mis pantalones de pana de profe progre (jaja es coña) para hacer la enésima transformación de Mortadelo.  Aquí soy espejo de valores, hábitos y actitudes, así que hay que cuidar algo las formas, frases, chistes o gestos.

Cuando dejé el proyecto en noviembre apenas se veía el amanecer de un año nuevo, la espiral de deuda en la que está sumergido estaba hundiendo la cubierta del barco y ahí dejé a todos los maestros, encaramados en las velas intentando remar sin timón con la promesa de que iba a volver, pero quizá a un proyecto muerto por la falta de capital. La acción social no es negocio.

Afortunadamente no fue así y algunas aportaciones particulares y algunos nuevos acuerdos  con otras ONG’s han podido salvar la situación, aunque el problema sigue ahí. Los meses pasan, las nóminas siguen sin pagarse al día, se acumulan y muchos maestros hacen maniobras de suicida para sortear el paso de los días y estar al día con sus necesidades cubiertas. Eso es trabajar con el corazón.

El día a día en la escuela es una carrera hacia adelante tratando de salvar obstáculos viejos y los que se añaden cada día: problemas de electricidad, fontanería, internet, computadoras, gas, luz, agua, comida…

A propósito de esto se pactó con una ONG de capital neoyorkino que la escuela fuera la sede de unas capacitaciones a chicas de aldeas de veintantos años para tratar de cambiar allí en sus lugares de origen la tradición de casar a las niñas con 11 años, embarazos a los 13 años, tratar de empoderar a la mujer un poquito aunque sea y evitar así que la  rueda de la pobreza crónica siga girando. Es increíble incluso que algunos padres de familia vendan a sus niñas por cantidades inferiores a los 50 euros al mejor postor. En algunas casas, que nazca un niño es símbolo de alegría, celebración con un pollo desplumado a la brasa. El nacimiento de una niña significa el silencio en el mejor de los casos. Hace poco el New York Times retrataba la situación de algunas de estas mamás prematuras:



Las capacitaciones iban a comenzar el mismo día que los alumnos abandonaran la escuela para irse a sus aldeas por dos semanas. El acuerdo era este: la ONG pagaba una cantidad de dinero importante para la escuela, pero exigía unas remodelaciones de las instalaciones como duchas, agua caliente, remodelación de vidrios, colchones y almohadas nuevos… Luego todas estas reformas las podrían disfrutar los alumnos. Todo sonaba perfecto, pero el problema fue el siguiente: a una semana de que vinieran las chicas no había nada hecho y la ONG preguntó ¿por qué? ‘Porque no hay dinero, obviamente’. Tras una reunión de urgencia se decidió tirarse la manta al cuello y endeudarse más aún, de las cejas hasta la coronilla con la esperanza de recibir el dinero más tarde.



Hubo que parar clases, llamar a electricistas, fontaneros, hacer papeleos burocráticos, acondicionar todo el espacio, limpiar, barrer, fregar, mover literas, limpiar cristales, cortar el césped a machetazos, etc. Todo ello con la ayuda de los alumnos, que fueron la fuerza de trabajo. Los poco maestros éramos meros coordinadores, saturados por falta de personal e improvisando a todo momento. ‘Solo son maestros’, pensaba yo. Por suerte o por desgracia, ellos están acostumbrados a trabajar, incluso parece que se crean lazos más fuertes entre ellos y disfrutan por momentos. Las cosas aquí no funcionan a tiempo, se trabaja en el caos, tampoco los profesionales tienen por qué serlo, aunque se les pague bastante. Los fontaneros no hicieron bien su trabajo y las instalaciones no estuvieron listas para el día D.

Al principio la organización fue poco comprensiva con nosotros y ellos se remitían al acuerdo comercial. Pretendían que la escuela fuese un hotel. No entendían que nosotros somos el amigo pobre y que sí, lo intentamos pero no pudimos llegar a tiempo, no dimos más de sí. Por eso se suponía que venían, para apoyarnos y con su aporte hacer un poco de palanca. Pero se les olvidó y por momentos los papeles fueron ‘patrón rico vs. esclavo pobre’. Capitalismo en la cooperación con el dinero patrocinando las relaciones de fuerzas, el poder. Nosotros cedíamos ante todo lo que nos pedían, no importaba que lleváramos casi 6 días sin descanso. Claro que no cumplimos, pero lo que no entendían es que FALTA PERSONAL, no se puede contratar porque no hay dinero, no se puede remodelar antes porque no hay dinero y el puto dinero gobierna y gobernará cualquier proyecto. Por suerte poco a poco la situación se fue suavizando y las posturas se fueron acercando. Ellos tuvieron paciencia y las mejoras llegaron, tarde, pero llegaron. Las deficiencias se cubrieron con hospitalidad y buena onda.

En estas llegó un voluntario nuevo, Julio, un paisano compadre con el que enseguida me entendí. Lo malo es que solo iba a estar por dos semanas. El proyecto le encantó, se enamoró por completo y eso que vino en el período en el que no había alumnos. Pudo de cerca comprobar cuáles son las pequeñas o grandes piedras que se amontonan en el día a día y que, aunque uno se empeñe en arreglar durante todo un día una cosa, al siguiente fallará otra o incluso la misma.



Después de tanto estrés un día decidimos ir a conocer un lugar turístico de Poptún, el único donde llega algún extranjero. Es un hotel ecológico, restaurante y con el tamaño de 7 o 10 campos de fútbol de bosques, parques, lago para bañarse… Allí hicimos un poquito de botellón y conocimos a otra chica española, periodista residente en EE.UU. que andaba documentándose para escribir un libro sobre las labores de una ONG.

En esa semana de las chicas la coordinadora nos propuso que mostráramos algo de nuestra cultura, de nuestro país. Ni corto ni perezoso Julio, como buen vasco de Vitoria, tuvo la gran idea de enseñarles a bailar Sevillanas. Por suerte él sabía algo y yo aprendí un poco en 10 minutos, con eso fue suficiente para todo un experto en bailes como yo jaja. Así tuvimos nuestra ‘Spanish Folklorical Night’ y salió bastante bien, nos divertimos y se divirtieron. Daba risa verlas bailar sevillanas o intentarlo, ¡aunque más risa daba pensar cómo lo estaría haciendo yo! Luego ellas nos enseñaron bailes más latinos y de menear la cadera. Nos reímos mucho y nos acostamos tardísimo ese día, a las 12 de la noche.

Pero la experiencia única, la que Julio ni yo olvidamos y la que se queda guardada en la memoria y en el corazón fue la visita a las comunidades. En esta ocasión solo visitamos un par de comunidades cercanas entre sí donde vivían algunos alumnos. En las casas pueden faltar cosas que nos parecen básicas como la luz, el agua corriente o un bidé donde sentar el culo por las mañanas, pero sobran corazón, hospitalidad y ganas de agradar al visitante de tierra lejana. Y la vida es muy sana en el campo, los niños se crían felices, en familia, en naturaleza. En pobreza.

Así llegamos a la primera casa y las pobres gallinas estaban atemorizadas de no saber cuál iba a ser la elegida para el caldo. Ya está demostrado, cuando el maestro entra por la puerta, las gallinas salen por la ventana. Uno intenta explicar que no es necesario, pero sería una descortesía por su parte no ofrecerla. Así que durante esos días estuvimos comiendo carne casi en cualquier comida. También probamos los cocos recién bajados, huevos de corral y un día me levanté temprano para ir con el papá de una alumna a ordeñar las vacas para el café con leche del desayuno. Es cierto que durante esos días fuimos invitados en todo momento, pero Julio y yo sentimos que el dinero había desaparecido, en las comunidades no hay tiendas, no hay bares, no hay donde consumir. Las familias no necesitan el dinero para comer, sí para otras cosas como la educación, la salud, la gasolina…pero fue muy curiosa la sensación. La civilización ha desconectado de la razón de ser, el dinero es solo papel, el maíz sí sirve para comer. Lo primero vale oro, lo segundo no vale una mierda. Curiosa escala de valores.



También tuvimos ocasión de asistir a varias ceremonias mayas y conocer más de cerca la cultura prehispánica, que no está muerta, que sigue viva gracias al esfuerzo y la lucha de mucha gente. Un honor que nos dejaran compartir con ellos sus creencias, siempre con recadito para nuestros ancestros colonos. Por una parte te hace sentir incómodo, pero no es síntoma de rechazo, simplemente es que así fue y así hay que tenerlo presente, por esa y muchas razones más es que están como están. Aunque no hay que sentirse culpable por el pasado, quizá por el presente sí.

Entre ellas, ya el último día de Julio, fuimos a las ruinas de Yaxhá a celebrar una ceremonia con unos amigos suizos muy conectados con la espiritualidad maya. Fue un día emotivo, sobretodo para ellos, que estaban emocionados, altos, en las nubes, en otra época, dimensión y cosmovisión diferente. 

Hace un par de días vinieron a visitarnos a la escuela y se enamoraron también del proyecto. Casi lloraban cuando me contaban lo que sentían. Prometieron ayudar desde Suiza, contactar con organizaciones, becar a estudiantes… Me di cuenta que yo ya no miro con ojos de extranjero el proyecto, sino que estoy tan inmerso en el día a día que se me olvida qué se está haciendo y la importancia que tiene. En esas también llegó hace un par de días una chica de Barcelona para tan solo dos semanas, pero ya en día está más que integrada. Internet está funcionando, La Casa de la Esperanza abre sus puertas al mundo y esperamos que traiga algo de ayuda económica a largo plazo y algunos voluntarios a medio plazo, algunos relevos que sigan haciendo girar la rueda.

Por cierto, también he iniciado con algunos estudiantes un grupo que se encargue de actualizar el blog de la web, que les servirá para mejorar sus habilidades de redacción, su visión periodística y conocer un poco el mundo de detrás de internet. Ya sé por qué pasa todo tan rápido, me sobre ocupo y apenas tengo tiempo para mí, para leer, escribir, retomar la armónica o la guitarra, hacer deporte, estirar… ¡Tantas cosas por hacer y la vida tan corta!


sábado, 31 de enero de 2015

La vuelta al cole. Alto en el camino



Después de una Navidad y fin de año otra vez atípicos, enero me dio la bienvenida y mi culo de mal asiento ya notaba que el ‘verano’ estaba acabando. Aunque ya me había hecho un hueco y encontrado un trabajo fácil, que se cobraba bastante bien, ya  repiqueteaban las campanas que me llamaban para volver al inicio de curso. Aunque unos pequeños problemas bacterianos retrasaron mi salida y por eso decidí no abandonar tan pronto México y dar un rodeo un poco más largo.


Veintiuna horas me separaron de mi querida y mis queridos de Playa del Carmen (gracias por esos dos meses en los que me sentí como en casa, como en familia) para que me recibiera la bohemia chiapaneca de San Cristóbal de las Casas. A pesar de estar casi un día metido en el mismo autobús con el culo como una pista de aterrizaje, el viaje no se me hizo tan largo: algunas películas, un libro y cabezadas sirvieron para amenizar el viaje. Estaban previstas 17 horas de autobús, pero dimos un rodeo de 4 horas para no pasar por Ocosingo, entre San Cristóbal y Palenque, pues al parecer hay conflictos y suelen parar y asaltar a los autobuses por la noche. El Caribe y la burbuja turística y segura quedaban atrás para entrar en tierra caliente.

Los viajes son el mejor momento para reflexionar y en este tuve tiempo de sobra para cambiar el chip del Caribe, el trabajo de vender vanidad y el flujo de dinero fácil por la realidad de Chiapas y luego de Guatemala, donde cuestan horas de sudor sacar un plato de frijoles a la mesa y si no hay, pues mañana habrá.

En San Cristóbal estuve tres días acompañado de Miguel Ángel, un amigo español que anda también viajando por México con el aire fresco de la libertad. Es una ciudad preciosa, bohemia, con arte y colores, aunque apenas pudimos verlo. Los antibióticos y el frío no compaginaron bien con el alcohol. En comparación con el Caribe, Sancris es muy barata, pero también hay lugares caros. Todo depende del tipo de cliente y el dinero que quieras o puedas gastar. Una cosa no nos gustó a ninguno de los dos: acostumbrados al clima cálido y tropical, nos metimos en un lugar a 2200 metros de altura y con poco abrigo, nuestras gargantas, acostumbradas al abrazo del sol, no resistieron tal cambio.

En los tres días tuvimos tiempo de visitar el pueblo de San Juan Chamula, donde su iglesia es el máximo exponente y las prácticas que en ella se realizan la atracción principal. Allí acuden a diario decenas de indígenas a rogar al Dios cristiano, pero con prácticas prehispánicas. Ahí lo insólito: decoran el suelo con algunas hojas, sacrifican gallinas, se embriagan con la bebida típica del lugar, hay muchísimas velas y hay un olor bien intenso a copal. No puedo decir más ni opinar, apenas aprendí ni comprendí su cosmovisión. Eso sí, la primera imagen que nos encontramos fue un señor tirado en medio de la plaza con algunos billetes en la mano. ‘Un alcohólico’, pensé, pero resulta que salía de orar al Dios blanco. El espectáculo es bizarro, pero interesante. Se prohíben las fotos, se cobra entrada y te permiten tres preguntas gratuitas.

Hablando de negocios, no me gustó la actitud de los vendedores que ven al visitante como dinero con patas, como en todos los lugares, pero allí su insistencia era tan grande que daban ganas de mandarlos a la mierda, casi era un asalto. Las mamás envían a los niños en horas de escuela a vender al visitante todo tipo de abalorios: colgantes, cadenas, joyas de piedras, etc. En esas tuve la ocasión de hablar con uno de ellos:

- Cómpreme unas pulseras, por 10 pesos cuatro le doy señor.
- Gracias, pero ya compré – le dije. Era cierto, no se le pueden comprar pulseras a todos.
- Cómpreme por favor – insiste el niño de 7 o 8 años.

- No.
- Pues regáleme una moneda, por favor, para la tortilla.
- ¿Y tú ahora no deberías estar en la escuela?
- Sí, pero hoy no vino el maestro – me dice. Dudo de si es verdad, pero no me extrañaría, en Guatemala pasa a diario.
- Venga pues a ver si sabes leer esto que pone aquí.

 El niño apenas puede leer las letras. En esas viene un hombre ya en sus veintitantos y lo lee con valentía, orgulloso de tal proeza. Mira al niño como diciendo ‘mira cómo se hace’.   

- Cómpreme libros, un cuaderno – me dice.
- No – le digo dudando y mirando a su madre, que está sentada a unos diez metros, junto a varias señoras.

Caminamos y el niño nos sigue por toda la plaza a lo largo de cien metros, persistente, incansable, acostumbrado a recibir negativas. ‘Si en mi trabajo cuando recibía negativas yo me venía abajo’, pienso. Aun así, sin saber bien por qué, no quise darle nada, ni gastar 10 pesos (60 céntimos de euro) en comprarle unas pulseras. Al final solo quiere sacar algo porque así le han enseñado, no tiene vergüenza ninguna porque así le han dicho y porque siempre cae algo de los cientos de turistas diarios que acuden. No fue por roñoso, algo turbio vi en ese ambiente y no quise contribuir. No fue solo el trabajo infantil, que a veces a eso se le llama supervivencia. ¿Para qué un cuaderno, si no va a haber nadie que le enseñe a escribir? Es solo la cultura de pedir, de vivir pidiendo. Hay pobreza sí, pero ¿esa es la forma de combatirla o solo de paciguar la conciencia? Aún sigo reflexionando y sigo sin tener una posición clara al respecto. Tema complejo.

Cambiando de tema, otro día fuimos al Cañón del Sumidero. Está regado por un río y al final de la travesía, que dura cerca de una hora, las enormes montañas mueren en una presa que mantiene las aguas y, según el guía, sirve para alimentar de energía a varios estados de México. Allí vimos monos, buitres, serpientes y mi animal más preciado y venerado: el coco. Por cierto, también vimos flotando hileras de mierda y residuos que llegan a parar ahí, para que los vean los turistas. Aunque según el guía, la cantidad de plásticos, condones, botellas, etc., se ha reducido considerablemente en los últimos años. Por lo que he visto en los lugares que he visitado, hay muy poca cultura en ese tema y muy mala gestión de las autoridades en cuanto a residuos en México, para qué vamos a negarlo. Se consume tanto plástico y Unicell y hay tan pocos lugares donde almacenarlo o reciclarlo…

Al día siguiente abandoné Sancris para dirigirme a Quetzaltenango o Xela, ya en Guatemala. Estaban previstas 10 horas de viaje, pero tardamos unas 13 por algunos imprevistos en el sistema de frenado del vehículo. Lo importante que conseguimos llegar a salvo. En el camino apenas descansé, conocí a un chileno con el que estuve platicando casi todo el viaje. A sus cuarenta y tantos, artesano desde hacía más de media vida, se había recorrido casi toda Latinoamérica de esta manera, viviendo al día, trabajando y vendiendo sus colgantes de piedra. Se dirigía a la Antigua a comprar algunos materiales. Me dio algo de envidia, querría haber alargado un poco mi viaje, pero ya llegaba 5 días tarde para las clases y ya tenía asignadas las mías al final del período. 

Una vez en Xela me alojé en un hostel. ¡Novedad para mí cuando viajo solo! Había conseguido alguien que me hospedara, pero realmente para seguir con la filosofía de Couchsurfing, decidí que no me apetecía compartir en ese momento, sino que quería tener algún momento para mí. De haber aceptado habría sido una cosa puramente utilitarista y no se trata de eso, del puro gorroneo. Allí tuve la oportunidad de conocer a algunos viajeros, voluntarios y tener mis momentos para pensar, leer o escribir, que también son importantes.

Me gustó Xela, es una ciudad cultural, estudiantil, grande y parece más segura, al menos en el centro el ambiente es más tranquilo por la noche. Solo estuve un día, pero me quedé con ganas de más, sería un lugar idóneo para vivir y encontrar todo lo que mente y cuerpo necesitan. Y así compré el último billete para llegar a la escuela. Doce horas más de autobús en un viaje nocturno pasando por la capital. No me hacía mucha gracia, pero no me quedaba otra. El viaje fue el peor de todos, aunque el autobús se supone que era de primera clase, tenía asientos pequeños incómodos, sin luz para leer y la carretera era serpiente emplumada llena de virones y trampas. Apenas pude dormir o descansar. Ya no sabía si iba a llegar o si nos iban a asaltar. De hecho se notaba la tensión en el ambiente cada vez que paraba el autobús. Al final ya me entregué al destino y que fuera lo que fuera. Pero esa vez no tocaba…

Llegué a Poptún a las 5 de la mañana, cansado pero listo para el toque de campana y saludar a los primeros patojos que se levantaban a tortear. Y como si los dos meses no hubieran pasado, metí de nuevo las manos en la masa, de lleno y con más seguridad, a seguir enseñando,  aprendiendo y lidiando con las piedras que se amontonan cada día en el camino. Pero eso ya lo contaré. 


domingo, 21 de diciembre de 2014

Deshaciendo frustraciones


Es el último día del período, los alumnos ya se quieren marchar a sus casas a disfrutar de dos meses de vacaciones. En ese trajín del último día se organizan para limpiar las instalaciones: pequeños ejércitos de escobas y trapos salen a saciar los hambrientos cubos de basura. Cada uno sabe su papel y no es necesario que ningún general esté encima de ellos dictando órdenes para que hagan sus tareas. Ya estoy habituado y no me sorprende, pero no deja de ser insólita la disciplina de trabajo que tienen los chicos.

En esas llega un alumno a la sala de profesores y se sienta a ver cómo día tras día sigo ensimismado, descubriendo y aprendiendo a manejar los entresijos de los mundos cibernéticos:

- Quería agradecerle profe el trato con el que nos ha recibido y su…  - hace una pausa dramática para buscar la palabra correcta - …excelencia a la hora de dar la clase, – me dice este alumno, con el que tengo una buena relación, pero al que le cuesta mucho estudiar y aunque aprobó mi asignatura raspadito, probablemente repetirá el curso. Aunque el pobre tiene fe en que aprobará. 
- Gracias Santiago – le digo, sin darle mucha importancia y pensando que quizá me quiera hacer la pelota. ¿Pero para qué me querría hacer la pelota, si ya están las notas puestas? 
 - Hablando con los demás patojos me dicen que les gusta su forma de dar la clase, de pronunciar, sienten que están aprendiendo – insiste en su intento de adularme. 
  - Será por la novedad Santiago. También porque yo he tenido la oportunidad de viajar y aprender a hablar más o menos y saber un poco cómo se pronuncia el inglés – justifico y sigo con mi tarea sin querer dar importancia a sus palabras y a tratar de ignorarle para que no siga por ahí. Sinceramente, nunca sé cómo encajar este tipo de alabanzas.

 El alumno me da la mano y se despide. Una vez ya conmigo mismo comienzo a sentir un calor en el estómago que eclosiona en un gran estado de satisfacción. Verdad o no, ¡qué coño! Es un gusto que reconozcan así tu trabajo, ese agradecimiento por enseñar unos conocimientos de la mejor forma posible. Comienzo entonces a hacer balance, la memoria activa los recuerdos: cientos de currículums repartidos por todo el territorio nacional y ni una sola entrevista. Pienso en mi situación estos años en España y las ‘cero’ oportunidades que he tenido para intentar comprobar si podía desarrollarme como maestro de muchos, no solo particular, a la vez que hacerlo de forma legal y comprobar si es algo que realmente me iba a gustar. Pero no ha podido ser y no creo que sea posible, la fila es demasiado larga.

Creo que esta forma es mucho más honesta que aprobar una oposición sin haber dado una sola clase (como solía ocurrir hace algunos años) o al menos haber trabajado de ello durante un tiempo. Al fin y al cabo se trata de una profesión con una alta responsabilidad, que implica el trabajo con personas, emociones y la lidia de conflictos. Uno debe ser consciente si está dispuesto a asumir una profesión que uno va a desempeñar toda la vida, no es solo un trabajo fijo.

Posiblemente en Guatemala me falten muchas otras cosas y no sea este lugar para quedarme para siempre, pero sí para comprobar algo que ya intuía y que no podía comprobar en España: darme cuenta de que en la enseñanza no soy un inútil, que soy valioso y que puedo hacer lo que me propongo, siempre que me den la oportunidad.

Esta generación repleta de ‘aventureros’, la mejor preparada y desperdiciada a la que tengo el gusto de pertenecer, tiene mucho por decir y hacer. Existen lugares que realmente necesitan apoyo y, aunque sea por un tiempo, cualquier ayuda es bien recibida. Se trata de hacer justicia global, de redistribuir el capital humano donde no llegan los recursos financieros, de colocar las piezas del puzzle donde faltan.

La arcaica y tosca burocracia de estado y las bajas expectativas son una muralla casi infranqueable que minan las ganas de emprender en España. Tampoco nos enseñaron nunca. No hay cultura, nadie quiere asumir el riesgo en estos tiempos de espirales de deuda infinitas.

El mundo es demasiado grande como para que no haya un hueco para ti. Creo así se puede luchar contra la frustración, contra ese puñal de traición a una promesa de años de sacrificio a cambio de una vida mejor, de unas aspiraciones mejores que la de tus antecesores. Al menos, para paliar ese daño, creo que todo aquel que se sienta así, si las condiciones lo permiten, debería ir en busca de sí mismo, en busca de su desarrollo, en busca de cumplir esa promesa fallida.

Aunque el problema comienza cuando no se hace por gusto ni por convicción, sino que el frustrado se siente rechazado por un sistema que no ofrece huecos, y se tiene que marchar a regañadientes, quebrando familias, vidas comunes y amigos que quizá al tiempo sean desconocidos.

No es fácil dejar atrás visibilizando la incertidumbre que da la niebla de un futuro espeso. Pero la vida sigue. Desde aquí animo a todos aquellos que están en esos callejones sin salida que den el paso. Hay mucho que sacrificar, pero las personas de valor estarán ahí esperando a la vuelta. Detrás del muro hay mucho por descubrir de uno mismo, por creer y crecer.

Hay que luchar por sentirse útiles, por soñar cumplir los sueños, siempre despiertos, con los pies en la tierra. Nada es eterno, solo se trata de darse cuenta de que sí, sí lo valemos. Si no hay alas, pues no queda otra que fabricarlas, aquí o allá, donde sea, no acomodarse, no rendirse y no creerse nunca lo suficientemente bueno como para convertirse en mediocre. El mundo es dinámico y la vida un constante aprendizaje.