Mi primer objetivo del año fue nadar los 250 metros que
separan a la isla de Flores del pueblo de San Miguel, en el lago Petén Itzá, al
norte de Guatemala. Por lo que salí del
albergue con lo básico: bañador, gafas y tapones para los oídos. Nada más. Llevaba varios días nadando y me había propuesto que lo iba a conseguir.
Las lanchas llevan de una orilla a otra por 2 Quetzales,
unos 20 céntimos de euro al cambio. Al puro estilo veneciano, tomar la lancha
es una actividad bien cotidiana y barata para los autóctonos y un objeto de
admiración para los turistas, que son presas fáciles y constantemente caen engañados.

El día había salido con algunas nubes y viento, pero
caluroso. El viento no era muy fuerte, pero lo suficiente para que hubiese algo
de corriente que dificultaría el nado. Sin pensarlo demasiado me lancé al agua
y comencé a nadar tranquilamente, aunque a los pocos metros comenzaron a
venirme pensamientos que me habían contado sobre leyendas de cocodrilos, serpientes,
anguilas eléctricas y demás fauna subacuática. Además la corriente no me estaba
ayudando.
Comencé a experimentar un estado de ansiedad que me
aceleraba la respiración y hacía que me cansase antes. Así no iba a llegar
jamás, pero volver tampoco era buena idea. Así que decidí parar, relajarme un
poco y alcanzar una pequeña isla que quedaba a mitad de camino. No hay peor
enemigo que uno mismo.
La isla podía medir como una cancha de basket y tenía un par
de mesas con sombrillas y algún columpio. Aparcado al otro lado había una
especie de muelle que resultó ser un barco, con el diseño más raro que he
visto. Allí me quedé relajado, dudando si continuar o volver.
Las lanchas pasaban de un lado a otro hasta que una se detuvo
en la orilla. Se bajó un tipo moreno, sin camiseta, con la ropa de varios días,
descalzo y con la cara decrépita, aún borracho. Se notaba que había llevado una
vida dura, y la noche de fin de año más aún. Nos saludamos y me invitó a pasar
a su casa, en el barco para fumar mota (maría). Aunque no quise fumar, acepté
la invitación de compartir un pedacito de su vida.
Venía de salvarse de una friega por haber dormido en casa de
una chica joven con su familia bajo el mismo techo. Al amanecer, el hermano,
bien cabreado, le había amenazado y le quería correr a mamporros. Él lo había
invitado a desayunar para que se calmara, y así se libró de unas buenas
hostias. Fue entonces cuando regresó al barco y se encontró conmigo.
Me preguntó cómo había llegado hasta allí y le conté la
historia, me dijo que él a veces venía a nado y que regresaría conmigo también
nadando. Así que empacó todas sus pertenencias, que cabían en una sábana, y
paró la primera lancha que pasaba cerca.
Le dije que iba bastante tomado, que quizá no era buena
idea, y que se fuera en la lancha, que al menos tenía la plata para ir. A lo
que me contestó: ‘Simón, puede que no sea buena idea.’ Pagó al lanchero para que lanzase sus
pertenencias en la otra orilla y cuando la lancha arrancó nos lanzamos al agua
a nadar los poco más de 100 metros de distancia.

Decidí acelerar el ritmo porque me estaba cansando y en
pocos minutos llegué a la orilla. Me giré y él tipo estaba en mitad del lago
pidiendo ayuda. Grité a una lancha para que lo agarraran. Con suerte, llegaron
a tiempo y lo remolcaron. Cuando levanté
la cabeza vi a un puñado de gente mirando al centro del lago. En el muelle se
había creado bastante expectación y la gente murmuraba, unos más preocupados,
otros se reían. También me miraban a mí, aunque yo solo era un personaje
secundario de la escena.
La lancha llegó y el tío estaba tirado en el suelo, parecía
inconsciente. El resto de pasajeros salió como si nada y la gente del muelle
esperaba alguna reacción. El tipo abrió los ojos y comenzó a reírse a carcajada
suelta. Se levantó y me dijo: ‘¿Ves? Aquí no hay ningún peligro de ahogarse.’ Agarró sus cosas y se fue a vender artesanías.
‘Esto sí que es vivir al día’, pensé.
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