jueves, 16 de febrero de 2012

De qué va esto?

Últimamente ando trastornado, desde que doy las noticias estoy sobreinformado y me saturo, sobre todo si todo de lo que tenemos que hablar es de deudas, calificaciones, impagos, huelgas, recortes, desahucios, AGGH!! ¿Pero qué coño es esto? Así que igual que muchos se llevan el trabajo a casa, yo me llevo toda esta movida en la cabeza y trato de llevarlo lo mejor posible, sabiendo que lo que vienen son tiempos muy jodidos que solo recuerdan los mayores de 65. La diferencia con ellos es que nosotros venimos de un tiempo de derroche, de tenerlo todo y muchos vamos a pasar a no tener nada, mientras que ellos ya nacieron y aprendieron a vivir con nada.

 Así que en esas movidas ando yo pensando en la hora que dura el trayecto del autobús a casa. Y comienzo a plantearme cosas y el otro día descubrí una cosa muy sencilla, tan sencilla que nunca lo había visto tan claro: ¡El dinero no es REAL!

No, no lo es, nosotros hemos nacido, crecido y vivido con él, pero hubo un tiempo en que no existía, es una invención, es el eje del sistema en el que vivimos, es el que gobierna nuestras vidas, pero no, ¡no es real! Existen las manzanas, las verduras, las putas y las drogas, pero el dinero no, no y no, si olvido las implicaciones culturales y veo más allá de las reglas del juego establecido, realmente no es nada. Papel, níquel, cobre.


El otro día me comentaba un amigo que no llegaba a entender la economía, que si el dinero no es real, si se puede crear todo el que se quiera, ponerse más cantidad en circulación para que haya más y todos podamos acceder a él, ¿por qué no se hace? No supe qué decirle en ese momento, estas son las típicas cosas importantes que se suelen escapan de las manos, pero me dejó algo que pensar para mis viajecitos aburridos y largos de autobús. Entonces recordé dos conceptos básicos de cualquier libro de iniciación a la economía: el valor y la escasez. 

¿Por qué son valiosas las cosas? ¿Quién se ha planteado esto? Existe una paradoja que compara el agua con los diamantes y dice: ¿Por qué el agua, siendo un elemento tan sustancial para la vida no vale nada? ¿Por qué los diamantes tienen un valor incalculable? ¿Qué criterios se han seguido para otorgar ese valor? Según los criterios del valor y la escasez, cuando algo abunda su valor no es tan grande como otras cosas  que no son tan fáciles de consumir. En esa cultura nos movemos y seguramente nos podrá parecer normal. Pero a mí algo me huele raro. 
 El dinero tiene un papel muy importante en este juego. Simplificando mucho se puede decir que los criterios que se siguen para dar valor a las cosas es su escasez, pero ¿de verdad el dinero puede medir el valor real del agua o los diamantes? Claro, sería ilógico pensar en botellas de agua por 100€ si no hay escasez, el sistema no podría funcionar. Pero aún así el agua sigue siendo más valiosa que los diamantes, ¿no? Por tanto, ya encontramos una limitación a las reglas, el dinero no puede medir más allá del valor puramente económico de las cosas, basado en la escasez.

La percepción de valor está distorsionada, cuando hablamos de valor siempre lo solemos  relacionar con el precio y son dos conceptos que hay que separar. Una cosa es hablar del precio que marca el mercado (valor económico) y otra cosa muy diferente el valor que tiene en el mundo real. En el mundo real el valor del diamante es irrisorio comparado con el del agua. 

En muchos libros de economía esta paradoja suele estar en una de las primeras páginas y ya desprende un tufillo a podrido. Lo único que me queda claro es que el precio no puede medir el valor de las cosas, pero aún así lo hemos aceptado.

Volviendo a lo que me dijo mi amigo, si los bancos comenzaran a emitir billetes a granel, el dinero en sí mismo perdería ese valor porque ya no sería un bien tan escaso. Por tanto, les interesa que haya escasez para mantener ese valor, para que haya competencia, para que todos nos matemos por algo que realmente no es real. 

Otra cosa que me inquieta es lo que se puede ver entre las primeras páginas de un libro de macroeconomía. Dice que el bienestar de un país se mide con la cantidad de bienes y servicios que se producen (PIB) y que SIEMPRE tiene que crecer al menos un 2% al año, sino va la cosa mal. ¿Pero de verdad se puede tomar solo como referencia el PIB para medir el bienestar de un país? ¿Cómo mides el consumo de recursos, la salud de la población, el nivel de felicidad, el estrés, la calidad de vida o la contaminación? El sistema padece porque es erróneo, está mal planteado, aunque está ya demasiado viciado y parece que nada va a cambiar hasta que no nos estrellemos. Y vaticino que no queda mucho, algo gordo va a pasar antes de se cierren mis ojitos de insignificante humano. 

Por eso nunca me gustó la carrera de economía, porque desde el primer día intentaron adoctrinarme, porque muchos de los profesores aceptan las tesis como dadas y no se replantean nada. Por supuesto, el que sí que lo hace su voz no llega muy lejos, tiene limitados los canales de comunicación. 

Vivimos dentro de un sistema que un tío planteó hace muchos años y que pensaba que los recursos eran ilimitados. Ahora tengo claro que nos estrellamos sin remedio, existen demasiados intereses en contra como para detener la debacle. Así que dejaré de pensar en estas tonterías y me centraré en mirar por la ventana de este autobús y decirle algo ya a la tía que se acaba de sentar al lado.

domingo, 22 de enero de 2012

El espectador 2.0

En 2004 un tal Tim O’Reilly, un irlandés graduado en Harvard y experto en tecnologías de la información, introdujo en una conferencia un nuevo término que iba a revolucionar por completo Internet, y lo sigue haciendo. Habló de una nueva forma de concebir la red, una forma interactiva, instantánea y multipersonal. Lo definió como la Web 2.0, y no sé si de verdad era consciente del potencial que iba a suponer este avance.


A diferencia de los antiguos sitios web  1.0 donde la información fluye de manera unidireccional y los usuarios se limitan a la observación pasiva de los contenidos que se ha creado para ellos,  en La Web 2.0 los internautas pueden colaborar entre sí como creadores de contenido. Forman parte de ella páginas como Youtube, Flickr, los blogs, las redes sociales o las comunidades virtuales. Sin estos nuevos espacios virtuales, unido a la nueva generación de móviles con acceso a Internet, serían inexplicables los movimientos sociales que ha habido en los últimos meses. Y por eso los gobiernos quieren darse prisa en regularlo y censurarlo, ejercer algún tipo de control, por nuestra seguridad, por supuesto. 

¿Qué ocurre ahora? Claro, con toda esta vorágine de información que puede ser compartida y vista por todos, nos encontramos en un momento en el que la información fluye demasiado rápido: millones de noticias, vídeos, fotos, comentarios, tweets, etc., son subidos cada día y la red parece tener una capacidad infinita para absorber toda esa información. Nosotros NO.
Muchos no han tardado en encontrarle nombre y han denominado este efecto propagación “viral” en recuerdo a esos pequeños jodedores seres que se debaten entre la vida y la muerte. A priori todos estos cambios suponen un efecto positivo, pero obviamente también tienen algunos negativos. Hay tanta información circulando que no podemos fijar la atención en todo. Estamos saturados.

Por este motivo, nuevas formas también requieren por nuestra parte nuevas aptitudes y habilidades. Nuevas formas de observar e interpretar la información. Prácticamente todo está en la red hoy en día, el único requisito es saber buscar, saber moverse. Tener ese ojo clínico de saber qué es importante y qué no, quién es el emisor de contenido o qué intereses le han movido a compartirlo.

En los tiempos que corren se necesita de un espectador activo que sepa valorar y juzgar los contenidos que tiene delante: saber de quién recibe esa información, en qué circunstancias, etc.
Hoy en día por ejemplo es absurdo posicionarse con determinados medios: la Cope, Antena3 y el ABC o la Ser, La Sexta y el Público, por poner dos ejemplos antagónicos. Si solo consumimos estos medios es porque queremos que nos cuenten lo que queremos oír, somos SU audiencia. Pero, ¿quién dice la verdad? Claramente nadie. La capacidad de mostrar una realidad sesgada y la maleabilidad del lenguaje hace que todos los medios hagan de un hecho su verdad. O que haya hechos que a algunos les interese contar y otros que no.También debemos tener en cuenta el buen hacer del periodista, que también es persona y se puede equivocar. En fin, influyen demasiados factores como para fiarse al 100%.

Como excepción he de mencionar al canal Intereconomía, por lo poco que he visto, me parece un medio descabellado, no hay por donde cogerlo, aunque para hablar de él con más detenimiento debería verlo más. El canal responde a ese sector conservador, profranquista, racista, xenófobo (como se quiera llamar)  de la audiencia más radical. Pero los hechos están ahí, a la vez que adoctrina a quien se deja adoctrinar, tiene su hueco en el mercado. Porque no olvidemos que es un mercado, todo ha sido devorado por el sistema de mercados.

Creer en un medio es lo mismo que ir los domingos a misa: un acto de fe. No hay verdad absoluta, nuestro lenguaje no lo permite. Un mismo hecho se puede contar de múltiples maneras y causar sensaciones bien diferentes en el receptor. Para ello solo hay que analizar el tratamiento de una misma noticia en diferentes medios.

Por eso creo que es necesario tener una formación crítica, bien alimentada desde la escuela, pero ya sabemos los métodos rudimentarios que se emplean en las aulas: la creación de escribanos y robots autómatas, aunque parece que las cosas van cambiando… a pasos de tortuga.

El sistema mediático tiene un pacto tácito no escrito en ninguna ley ni contrato. Las cadenas se ponen de acuerdo para aturdir a las masas, las atiborran con noticias basura, publicidad, y muchas veces esconden las noticias importantes si les interesa. La información realmente la poseen cuatro. ¿Cómo se forma una noticia? ¿Acaso existe un periodista por medio y noticia? Eso será quien se lo pueda permitir, pero normalmente se subcontrata el servicio, funciona como una cadena de producción, los medios se suscriben a las agencias de noticias y así adquieren cierto poder de decisión sobre qué contar y qué no contar, sobre todo en el caso de las noticias internacionales, que son las más difíciles de contrastar. Y, desde luego, en la mayoría de ocasiones las noticias no son contrastadas por los profesionales, y menos ahora que los medios están bajo mínimos de personal.

Informarse no es escuchar lo que se quiere oír, los medios no lo ponen fácil y por eso es necesario no creerse del todo ninguna noticia o punto de vista. Gracias a las nuevas tecnologías cualquiera puede ser periodista, cualquiera puede comentar lo que pasa, subir una foto desde lugar de los hechos pocos segundos después de que ocurra. Esto es un avance que está revolucionando la forma de contar las cosas, tenemos herramientas muy poderosas. Solo hay que saber cómo usarlas. El periodismo y el sistema mediático como lo conocemos está en extinción, aunque seguramente intentarán adaptarse para aferrarse al trono hasta dar los últimos coletazos. Ahora todos somos informadores y todos somos espectadores. Pero debemos estar a la altura de las circunstancias.


domingo, 4 de diciembre de 2011

Reflejo

Me reflejo en el cielo,
gris lluvioso.
Me reflejo en las gotas,
ácidas y melancólicas.
Me reflejo en los charcos,
calma tras la tempestad.
Me reflejo en las calles.
Color cielo, triste cemento.


jueves, 24 de noviembre de 2011

Dulce



La noche ha caído sobre la ciudad, y yo otra vez permanezco en la intensa vigilia, escuchando la conversación entre un piano y una trompeta, ¡qué lenguaje el jazz!

Pienso, yo también lo hago. Recuerdo tu cara iluminada, el brillo de tus ojos, esa sonrisa tan profunda. Como dos chiquillos por momentos rozamos la felicidad, instantánea, efímera, acosada por el raciocinio, rodeada de una niebla de incertidumbre. De ahí las mariposas que revolotean y hacen cosquillas en el estómago, será cosa de magia. Parece que fue ayer.


Me gusta cuando abrazas como si fuera la última vez, fuerte, fundiéndote, visceral, sincera, exprimiendo el alma hasta acompasar nuestros latidos con la precisión  de un diapasón. Me gusta cuando besas, despacio, descifrando cada poro de mi piel, marcando la senda que los ha de llevar hasta los labios. Me gusta cuando besas, apasionada, como una fiera desbocada, dando rienda suelta a los instintos, dejándote llevar.

Parece que fue ayer y ya te echo de menos, yo que un día colgué el cartel de cerrado por derribo, cerré la puerta y tiré la llave al mar. Ahora dime, sirena, si la encontraste, ¿serás tú la que restituya estas frágiles paredes de cristal?

martes, 8 de noviembre de 2011

La caja lista

El consumo de televisión ha ido creciendo a un ritmo vertiginoso durante las últimas décadas. Se ha generalizado a nivel planetario. Según  un estudio llevado a cabo por el Centro de Investigaciones Sociológicas el medio con mayor audiencia es la televisión con un 86,6 %, seguido de una radio que sigue perdiendo enteros entre las nuevas generaciones con un 48,6% y, por último, la prensa escrita con un 32% del porcentaje total. Además, en el año 2008 el consumo televisivo alcanzó un record histórico llegando a los 227 minutos por persona y día. Ahora, con 5.000.000 de parados apuesto a que la cifra ha aumentado.

Por otra parte, también ha aumentado el número de personas que ven solos la televisión (muy relacionado con el aumento del número de televisiones por hogar). Yo me doy cuenta a la hora de comer, qué triste que todos comamos en silencio y solo hable la tele, ¿no? ¿No tenemos nada que decirnos?

La influencia, positiva o negativa, produce una auténtica transformación del individuo. A través de los mensajes que transmite puede actuar como un “líder” de masas. Por tanto, debe tener una responsabilidad social, más allá de los intereses propios. Actualmente, los espacios destinados a información y cultura se han visto reducidos frente al auge que han experimentado otro tipo de programas de baja calidad, centrados en el sensacionalismo. Se ha producido una homogeneización de contenidos, quiero decir, los programas son clones unos de otros, principalmente debido a la concentración empresarial (por ejemplo la reciente adquisición de Cuatro por el grupo que posee Telecinco, ¿habéis apreciado algún cambio en la producción de programas, en el tono de los informativos?) y a la reducción de costes: fabricación de formatos rentables.

El sistema mediático parece que se ha puesto de acuerdo en crear unos modelos, estereotipos y patrones, que son asumidos por la colectividad como normas de conducta. Incluso se ha desarrollado una verdadera cultura del aspecto, en el sentido de que quien no se ajusta al estereotipo difundido como modelo por los medios está fuera del círculo. Asimismo, se ha creado una cultura de marca o la creencia de que poseer determinados bienes es sinónimo de status y comporta satisfacción y aprobación social. 

Todos los hechos anteriormente citados están capitaneados por la publicidad, por sus inversores: las empresas. La tele se financia mediante la publicidad y responde a los intereses de quien pone la pasta. Les conviene que la gente sienta la necesidad de ser cómo sus ídolos, de seguir consumiendo para seguir produciendo, para crear puestos de trabajo, para no frenar la vorágine depredadora de recursos. El papel que realiza el sistema mediático no es más que el de ser otro eslabón de la cadena, la ventana a un mundo irreal, una verdad sesgada y manipulada, o sea, una mentira. Detrás de una noticia hay un cámara que graba lo que quiere o lo que le obligan, además luego hay un editor de vídeo que pone los cortes a su antojo, ¿debemos confiar en su integridad profesional? ¿O en la de su jefe, el director de contenidos? La televisión privada no puede ser libre porque depende del capital privado. Muchas públicas tampoco lo son porque responden a los intereses del gobierno de turno. Entonces, ¿de quién nos podemos fiar? Solo nos queda una persona: nosotros mismos. Pero para eso es necesario estar despierto. En este panorama televisivo de la cadena que más me puedo fiar es de TVE, que ofrece una información contrastada, no para de recibir premios y poco a poco va acumulando más audiencia. Y sin publicidad.


He estado ojeando los informes de audiencias en www.mediaworks.es/ y,  ¿sabéis qué?: Que La 1 es líder casi indiscutible entre los adultos mayores de 16 años. Que lo triste es que Telecinco es el segundo, y está muy cerquita.  Que las amas de casa aman Telecinco, ninguna sorpresa. Y lo mejor es que en Galicia es donde menos se ve la tele a pesar de que llueva tanto. ¡Vivan los bares!

La comunicación televisiva, por tanto, supone un gran impacto en la población que ve la caja tonta y se la cree. No hay una educación audiovisual y nos tragamos cualquier basura. Somos seres pasivos que pretendemos desconectar enchufándonos a esa mierda. Con internet esto está dejando de pasar, pero requiere de un nuevo tipo de espectador, del que hablaré otro día.

 Ahí radica un punto importante en el debate, la televisión hace telebasura y la gente la ve. ¿Por qué? Pienso que por dos motivos: primero porque es cómodo y, posteriormente, por vicio, refiriéndome a este término como un mal hábito, una rutina perjudicial que degrada al individuo. En este caso lo hace tanto física como psicológicamente, pues priva al individuo de hacer otras actividades y lo atrofia, física y mentalmente. ¡Vámonos de cañas!


Pero la televisión no ha sido catalogada como droga…Pobres plantas. 

domingo, 18 de septiembre de 2011

Ella, él (Última parte)


Ella había vivido demasiado tiempo postrada en el dolor, y, sin darse cuenta, y a pesar de los esfuerzos, poco a poco volvió a su rutina: pasarse los días dormitando y las noches inundando cada habitación por donde pasaba. Él, aunque la veía sufrir, no reaccionaba, permanecía en la distancia. A veces pensaba en abrazarla, imaginaba que se acercaba, la rodeaba con sus brazos y lloraba con ella mientras le susurraba al oído todo lo que la quería. Más tarde, se daba cuenta que no podía moverse, sus manos temblaban y se llenaba de rabia, se repudiaba sí mismo y se hundía un poco más. Los sueños volvieron a  la vida de ella, y con ellos, sus pesadillas. 

Cada día se calcaba lo mismo: la habitación sin salida, la vela encendida, el ambiente tenebroso y el maldito sobre cerrado. Siempre deseaba encontrar otra cosa que no fuera una cuchilla, pero nunca cambiaba el contenido. Esperaba sentada, con la cabeza hundida entre sus rodillas a que la vela se apagara. Lloraba. Cuando se despertaba, sentía que se quería morir, se revolvía en la cama como si intentase escapar, se desataba la tempestad, un profundo dolor inundaba sus entrañabas, sollozaba, gritaba y corría despavorida hacia el lavabo. Vomitaba. Mientras, él seguía durmiendo como si nada pasase a su alrededor, aunque no dejaba de pensar en ello. La estaba viendo consumirse y no hacía nada al respecto. Se desesperaba.

Una noche abrió los ojos, se encontraba sentada en una de las paredes ocres de la habitación. La vela iluminaba su silueta, que se alzaba sobre la pared como una sombra monstruosa. Levantó la cabeza, que estaba escondida entre sus rodillas. Se palpó sus mejillas y notó que aún estaban húmedas.  Inspeccionó cada centímetro de la sala y halló lo mismo de siempre, ninguna salida. El sobre permanecía junto a la vela. Lo abrió como cualquier otra vez, introdujo las manos dentro y encontró un objeto frío. Lo extrajo y vio que era la misma cuchilla de siempre. La apretó entre una de sus manos. Resignada, lanzó el sobre hacia el otro extremo de la habitación y vio caer un papel. No salió de su asombro, ¡un papel! ¿Siempre habría estado ahí y no se habría dado cuenta? ¿Habría sido tan estúpida? ¿O quizá era lo que había estado esperando todo este tiempo? Seguro que allí estaba la respuesta a todas sus preguntas. No tardó en dejar de pensar y se lanzó a por la nota deseosa de saciar su curiosidad.

“Hazme arder de placer”. Era todo lo que estaba escrito en el papel. Había observado cada milímetro, lo había intentado quemar  para ver si existía algún mensaje cifrado; revisó el interior del sobre con detenimiento, cada esquina, lo puso al trasluz, pero nada. Solo encontró esa frase. ¿Qué podía significar? ¿Le habría mandado él el mensaje a través de sus sueños? ¿Le estaría traicionando su subconsciente? Respiró hondo y apartó de su mente todas las conjeturas. No lo pensó demasiado. Estaba decidida a actuar, acabar de una vez con el sufrimiento. Agarró con fuerza la cuchilla que permanecía a su lado, la hundió lo más fuerte que pudo en una de sus muñecas y fue abriendo un surco a lo largo de su brazo. Manantiales de sangre comenzaron a brotar por las cavidades de la herida. Luego, repitió el proceso con el otro brazo y, finalmente, acabó dibujando una línea en su cuello. Con el último corte, apenas tenía fuerzas para respirar. Cayó inconsciente. 

Abrió los ojos y estaba tumbada en la cama, relajada con una ligera sensación de placer. Hacía tiempo que no se había despertado así; recordó cuando era niña, cuando mamá la despertaba entre besos y cosquillas y se intentaba zafar de sus cariñosos ataques. La vida era un camino virgen aún por descubrir. Pensaba en toda la gente que había perdido, en papá, mamá, aquel accidente que se los llevó de repente; la abuela, que la vio crecer y hacerse toda una mujer, que la llevaba a pasear y a jugar aquellas magníficas tardes de verano por el campo y le enseñaba el nombre de cada planta, cada insecto. Gracias a ella aprendió a amar a la naturaleza. 

Pensaba en  todos aquellos que la habían utilizado, que habían hecho de su corazón un juguete, un producto de usar y tirar. Siempre se ilusionó demasiado, siempre dio demasiado sin esperar recibir nada, y nunca lo recibió. No sentía náuseas, no notaba a los gusanos verdes rasgando su interior, no sentía ningún dolor, pero se notaba cansada. Todo parecía normal, y entonces se dio cuenta de que algo no iba bien. Alzó la cabeza y vio las sábanas inundadas en sangre. Comenzó a sentir que se estaba marchitando su vida, le costaba respirar. Sentía la sangre fluyendo por sus venas saliendo al exterior en cada pulsación de su corazón caduco. Sintió que le costaba moverse, que su cuerpo comenzaba a pesar demasiado, las fuerzas se le estaban apagando. Giró el cuello hacia el costado derecho y lo vio a él, dormido, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo. Se abrazó a él con fuerza y cerró los ojos. Se sumergió en un profundo sueño.

Él dormía y notó unos brazos que le rodeaban y se aferraban a él. De repente, comenzó a sentir un calor que le quemaba, creyó que ardía. Miles de ondas de fuego escapaban por cada poro de su piel. Nunca tanto calor había corrido por su cuerpo. El corazón comenzó a latirle a ritmos desmesurados, parecía como si se le fuera a salir del pecho. Sudaba. Nunca había sudado. Estaba nervioso, no sabía que estaba ocurriendo. Entonces vio los ríos de sangre que manaban de las muñecas de ella. La sangre era como lava de un volcán para él. No tardó en comprender lo que estaba ocurriendo. Sintió que se alejaba y decidió irse con ella. La besó y le susurró al oído todo lo que la amaba. Lágrimas rojas brotaron de sus ojos mientras su piel se consumía y crepitaba al contacto con el bello; él, que nunca había llorado. La sintió como nunca lo había hecho antes, como aquella noche en que se conocieron.

Volaron cientos de tiras de seda formando lazos, llovieron centenares de rosas dibujando la silueta de los dos cuerpos abrazados, sonaba una dulce melodía de violines. Extinguiéndose, disfrutando del momento como nunca, los dos mundos paralelos se fundieron entre los delirios de un amor letal. Se sintieron el uno al otro tan profundamente que eran un ser. En el último aliento, ella expiró una mariposa que salió volando hacia el exterior. El fruto del dolor se había esfumado. Podía descansar en paz. El último instante, de sus vidas, el que les condujo a lo infinito, lo eterno, fue de felicidad.



viernes, 16 de septiembre de 2011

Ella, él (4ª parte)


De esta forma, comenzaron a amarse dos náufragos en islas paralelas, expectantes por ver si de una vez por todas liquidaban su sufrimiento, se quitaban el punzón de la tristeza, equilibraban la balanza de la justicia y ajustaban cuentas con el dolor que tanto les había perseguido a lo largo de sus vidas sin motivo alguno. Tan solo querían respirar aire fresco que secara sus heridas, que limpiara todos los malos momentos. Solo querían emocionarse, llenarse de alegría, reír sin saber por qué, esa sensación que todo ser humano persigue, o al menos desea, la felicidad.

Pero no se repetiría otra noche como aquella, con esa fuerza, esa pasión, esas ganas de devorar, de adentrarse el uno en el otro, abrazándose hasta exprimir el alma, sintiéndose cerca, sintiéndose dos seres en uno, dos mundos en uno, un objetivo, un futuro, la chispa que encendiera el camino, algo por lo que vivir, por lo que luchar, el sentido de su existencia. No, no se repetiría otra noche como aquella.

Pasaron rápidamente las semanas y se vino la primavera, que trajo consigo el verano y el calor asfixiante que suele cernirse sobre muchas ciudades. Paralelamente, el frío se había adueñado de la casa de ella, donde se habían mudado. La chispa se había apagado, el calor se estaba evaporando. Llevaban meses viviendo de resquicios, de las cenizas de aquella noche. La rutina se había hecho su sitio en la casa y ninguno sabía cómo echarla de allí. La convivencia estaba haciendo añicos la ilusión. Con el tiempo se habían distanciado, parecía como si continuaran viviendo solos, aun compartiendo desayunos, comidas, cenas y cama.

Sabían que querían amar, y se habían elegido mutuamente para ello. Lo que no sabían que es que se amaban desde una tristeza y soledad muy profundas. Eran dos almas solitarias amándose en mundos paralelos que nunca se iban a entrelazar. Querían disimularlo, pero comenzaba a hacerse demasiado evidente. Cuando la pesadumbre está tan arraigada a uno mismo, cuando los polos son tan parejos, cuando uno no sabe ni levantarse el ánimo a sí mismo es difícil sacar a ambos adelante.

Él había comenzado a trabajar en nuevos proyectos, ilusionantes, eso le decía cada uno de sus compañeros. Tenía una gran inteligencia acompañada de un talento innato. Podría ser un genio, pero necesitaba crear obras maestras, o, al menos, finalizar cada una de las que empezó. Ella se lo repetía y él se sentía bien. Empezó con muchas ganas a trabajar, dejándose la vida ello, con la vitalidad de un chiquillo. Pero se atascaba fácilmente, cada pequeño contratiempo se le hacía un obstáculo insalvable. Se enrabietaba, venían malos pensamientos a su cabeza y retornaban los viejos fantasmas. En pocas semanas volvió a tener la mirada perdida, las palabras de ella ya no hacían efecto, le había vuelto a pasar, no era capaz de mirarla, desconocía por qué. Muchas veces quería hacerlo, pero no podía, algo en su interior le impedía mostrarse, decirle apenas unas bonitas palabras. Quizá ella valía demasiado y no le merecía, quizá en realidad no la amaba, quizá su vacío era demasiado grande como para amar a alguien. Se ahogaba en sus cavilaciones y se iba hundiendo un poco más. Pero permanecía impertérrito ante cualquier situación. Él sabía que ella era la única persona a la que podía amar, pero no era capaz de hacer una mueca, un simple gesto con el que demostrarle algo de afecto. 

Ella decidió al principio tirar del carro, sacaría fuerzas de donde fuera con tal de no volver a perderse, con tal de no volver a estar sola. Resistiría todos los desplantes, aunque el dolor que le propiciaba cada uno de ellos fuera como puñales atravesándole el pecho, partiéndole el alma. Pero debía continuar, se lo prometió a sí misma, lo necesitaba. Le amaba con todas sus fuerzas, quería hacerlo, lo decía cada una de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas día tras día. Se lo repetía a sí misma cada vez que le miraba y no veía nada; un profundo vacío rodeaba a su ser y parecía no tener fondo.  Prefería pensar que esa era su forma de querer, eso la tranquilizaba, aunque solo por momentos. Pero los esfuerzos le comenzaban a pasar factura, poco a poco volvió a sentir pinchazos en su estómago, los gusanos verdes estaban despertando.



jueves, 15 de septiembre de 2011

Ella, él (3ª parte)


A partir de ahí todas las noches se citaban en un chat como el que queda para tomar café. Sus soledades comenzaron a congeniar, se entrelazaron, hablaban de todo, del mundo, de sus aficiones, sus intimidades y, por momentos, olvidaban todo a su alrededor. Se entendían, cada palabra, cada guiño, propiciaba una sonrisa, el sentimiento de ser comprendido y querido por alguien.  

Ella confiaba en no ilusionarse demasiado, aunque no podía evitar sentir un cosquilleo que le recorría por todo el cuerpo, pero esta vez no terminaba en un nudo en la garganta. En poco tiempo los gusanos verdes desaparecieron, pensó que al fin se habían dormido, que en poco tiempo se convertirían en mariposas. Ya no deseaba pasarse los días durmiendo, tenía algo por lo que mantenerse despierta, esperando a ver su nombre entre el racimo de tantos otros en la pantalla. Pasaba el día pensando en él, pensando en lo maravilloso que sería el mundo con él. Se imaginaba despertando cada amanecer a su lado, preparándole el desayuno, amándole como nadie. “¡Basta!”, pensaba al momento. Sentía miedo, luchaba por alejar esos pensamientos, sabía que podían hacerle mucho daño, pero venían en oleadas de aire fresco que se llevaban de un plumazo las pesadillas y los malditos gusanos que cada día consumían un poco más sus fuerzas. Eran felices, le relajaban. 

Cerraba los ojos y se dejaba llevar: los atardeceres paseando por el parque cogidos de la mano sintiendo los olores de la primavera, el chasquido de las hojas en otoño, la complicidad de una mirada, pequeñuelos correteando por la casa… Su silla daba vueltas por la habitación y ella giraba y giraba con los brazos extendidos. Sonreía. El mundo era maravilloso. 

Él recordaba constantemente la primera vez que habló con ella. Sin saber cómo, aquella noche millones de hormigas cosquillearon sus pelos hasta hacerlos erizar. ¡Había sentido un escalofrío! El primero en mucho tiempo. Apenas recordaba cómo era, por eso instantes después sintió miedo y duda. Pero quería repetir esa sensación, era placentera. Por eso se citaba con ella. Se veía cómodo hablando con ella, contándole sus pensamientos, sus secretos, sus errores, cuando tiró todo por la borda por falta de fuerzas. Le gustaba que ella le animara, que le dijera que valía mucho, que debía demostrárselo a sí mismo. Sin darse cuenta, o, más bien, sin querer darse, poco a poco había ido dejando fluir los sentimientos, había comenzado a derretirse la caja fuerte que mantenía a salvo su corazón. 

Nunca se habían visto, tocado ni olido. No les importaba tanto el otro como la sensación de ser querido por alguien, tener algo a que aferrarse, un nido de esperanza, pero los sentimientos eran tan fuertes que se decidieron a dar el paso: “¡Sácame del abismo de mi soledad!”, gritó ella. “¡Quémame, hazme arder de placer!”, gritó él.

Se conocieron por primera vez en una ciudad a mitad de camino entre el amor y el olvido. Él la miró a los ojos, las puertas del alma, no le costó tanto esfuerzo como pensaba. Los días anteriores había estado imaginando como sería ese momento: los nervios actuarían en su contra, le recorrerían el cuerpo como la erupción de un volcán y no la podría mirar, ella le rechazaría y todo volvería a ser como antes, el frío polar volvería a helar su corazón. Siempre tendía a pensar así, pero esta vez se equivocó. Se alegró. En lugar de eso, vio en ella una mirada sincera, expectante, con nervios, acompañada de una sonrisa de complicidad que supo corresponder. A partir de ese momento decidió que entregaría su mirada a ella. 

Era una noche de invierno, fría como nunca se había recordado en el lugar, pero ellos ardieron en una habitación de hotel, de la que hicieron su palacio, su escondite, su lugar aparte; ausentes de todo, el mundo se condensaba en esos pocos metros cuadrados. No necesitaban más para sentirse plenos, en un estado máximo. Sintieron cada caricia, cada beso, cada abrazo como nunca antes lo habían hecho. El vapor se hacía visible por las ventanas iluminadas intermitentemente por la tenue luz que desprendían las llamas de un candil en forma de araña. Parecía como si hubieran nacido en ese mismo momento, como si siempre se hubieran conocido, como si se hubieran necesitado pese a no saberse el uno del otro. Exprimiendo sus abrazos, mirándose profundamente, actuando por momentos como animales desbocados, pero con una sutil dulzura. Sin decirse una sola palabra sellaron su alianza. Nada ni nadie les volvería a separar.