jueves, 15 de septiembre de 2011

Ella, él (3ª parte)


A partir de ahí todas las noches se citaban en un chat como el que queda para tomar café. Sus soledades comenzaron a congeniar, se entrelazaron, hablaban de todo, del mundo, de sus aficiones, sus intimidades y, por momentos, olvidaban todo a su alrededor. Se entendían, cada palabra, cada guiño, propiciaba una sonrisa, el sentimiento de ser comprendido y querido por alguien.  

Ella confiaba en no ilusionarse demasiado, aunque no podía evitar sentir un cosquilleo que le recorría por todo el cuerpo, pero esta vez no terminaba en un nudo en la garganta. En poco tiempo los gusanos verdes desaparecieron, pensó que al fin se habían dormido, que en poco tiempo se convertirían en mariposas. Ya no deseaba pasarse los días durmiendo, tenía algo por lo que mantenerse despierta, esperando a ver su nombre entre el racimo de tantos otros en la pantalla. Pasaba el día pensando en él, pensando en lo maravilloso que sería el mundo con él. Se imaginaba despertando cada amanecer a su lado, preparándole el desayuno, amándole como nadie. “¡Basta!”, pensaba al momento. Sentía miedo, luchaba por alejar esos pensamientos, sabía que podían hacerle mucho daño, pero venían en oleadas de aire fresco que se llevaban de un plumazo las pesadillas y los malditos gusanos que cada día consumían un poco más sus fuerzas. Eran felices, le relajaban. 

Cerraba los ojos y se dejaba llevar: los atardeceres paseando por el parque cogidos de la mano sintiendo los olores de la primavera, el chasquido de las hojas en otoño, la complicidad de una mirada, pequeñuelos correteando por la casa… Su silla daba vueltas por la habitación y ella giraba y giraba con los brazos extendidos. Sonreía. El mundo era maravilloso. 

Él recordaba constantemente la primera vez que habló con ella. Sin saber cómo, aquella noche millones de hormigas cosquillearon sus pelos hasta hacerlos erizar. ¡Había sentido un escalofrío! El primero en mucho tiempo. Apenas recordaba cómo era, por eso instantes después sintió miedo y duda. Pero quería repetir esa sensación, era placentera. Por eso se citaba con ella. Se veía cómodo hablando con ella, contándole sus pensamientos, sus secretos, sus errores, cuando tiró todo por la borda por falta de fuerzas. Le gustaba que ella le animara, que le dijera que valía mucho, que debía demostrárselo a sí mismo. Sin darse cuenta, o, más bien, sin querer darse, poco a poco había ido dejando fluir los sentimientos, había comenzado a derretirse la caja fuerte que mantenía a salvo su corazón. 

Nunca se habían visto, tocado ni olido. No les importaba tanto el otro como la sensación de ser querido por alguien, tener algo a que aferrarse, un nido de esperanza, pero los sentimientos eran tan fuertes que se decidieron a dar el paso: “¡Sácame del abismo de mi soledad!”, gritó ella. “¡Quémame, hazme arder de placer!”, gritó él.

Se conocieron por primera vez en una ciudad a mitad de camino entre el amor y el olvido. Él la miró a los ojos, las puertas del alma, no le costó tanto esfuerzo como pensaba. Los días anteriores había estado imaginando como sería ese momento: los nervios actuarían en su contra, le recorrerían el cuerpo como la erupción de un volcán y no la podría mirar, ella le rechazaría y todo volvería a ser como antes, el frío polar volvería a helar su corazón. Siempre tendía a pensar así, pero esta vez se equivocó. Se alegró. En lugar de eso, vio en ella una mirada sincera, expectante, con nervios, acompañada de una sonrisa de complicidad que supo corresponder. A partir de ese momento decidió que entregaría su mirada a ella. 

Era una noche de invierno, fría como nunca se había recordado en el lugar, pero ellos ardieron en una habitación de hotel, de la que hicieron su palacio, su escondite, su lugar aparte; ausentes de todo, el mundo se condensaba en esos pocos metros cuadrados. No necesitaban más para sentirse plenos, en un estado máximo. Sintieron cada caricia, cada beso, cada abrazo como nunca antes lo habían hecho. El vapor se hacía visible por las ventanas iluminadas intermitentemente por la tenue luz que desprendían las llamas de un candil en forma de araña. Parecía como si hubieran nacido en ese mismo momento, como si siempre se hubieran conocido, como si se hubieran necesitado pese a no saberse el uno del otro. Exprimiendo sus abrazos, mirándose profundamente, actuando por momentos como animales desbocados, pero con una sutil dulzura. Sin decirse una sola palabra sellaron su alianza. Nada ni nadie les volvería a separar. 



miércoles, 14 de septiembre de 2011

Ella, él (2ª parte)


Ella. La noche era su única aliada, velaba su corazón el silencio, que detenía momentáneamente la hemorragia  de esas heridas que nunca cicatrizaban. Se había autoproclamado reina de la oscuridad, feudo donde se sentía segura, pero, de repente, sonaba un recuerdo, emitía balbuceos,  algún que otro gemido y rompía a llorar profundamente; su llanto parecía no tener fin. Solo cesaba cuando, agotada y vacía, se adentraba en un profundo sueño. Sus últimos pensamientos retumbaban suavemente como un lejano eco en las cavidades de su cráneo e iban haciéndose más fuertes progresivamente como si se acercaran, como si tomaran forma de persona. Se repetía una y otra vez: “¡Vamos, duérmete ya, no despiertes! No deseo ver otro amanecer.” La consciencia desaparecía dejando paso a la fábrica de ilusiones, el único lugar donde se sentía segura, donde sabía que nada ni nadie podría hacerle daño. 

El sueño era su hábitat, con el tiempo se había convertido en su medio preferido. Si por ella fuera se pasaría la vida durmiendo, hibernaría como los osos polares. Era la dama onírica; invertía los colores, que se tornaban más claros, se deshacía de la mediocridad, de la pesadumbre, allí el mundo se tornaba más fácil, bastaba solo pensar algo para que al instante se cumpliera: una vida perfecta, alguien con quien estar, que la quisiera, que le prepara el baño, que le contara sus secretos más profundos, que la escuchara y la comprendiera, que la aconsejara cuando tuviera dudas, que le sostuviera la sonrisa cuando algún bache le hiciera bajar los ánimos, que la abrazara siempre como si fuera la última vez; algo por lo que sentirse viva.

Pero no todo era perfecto, en el final de cada sueño había algo que siempre se repetía, era como una señal, nunca había querido detenerse en ello, aunque le preocupaba. Prefería pensar que el subconsciente le jugaba malas pasadas. Ella controlaba los sueños, pero esto se escapaba de su control. Aparecía sola, en una habitación sin puertas, sin ventanas. Solo una vela daba algo de luz a la inmensa tiniebla que se cernía. Las paredes eran blancas, suponía, puesto que la luz del fuego pintaba un cromatismo de colores, rojos, naranjas y amarillos. Había palpado hasta el último rincón de la sala, que no era demasiado grande. No había encontrado puertas, ventanas, ningún orificio que le diera contacto al exterior. Solo un sobre, que siempre contenía lo mismo, una cuchilla. Nada más. Esperaba alguna vez encontrar una nota o alguna señal que le hiciera saber donde se encontraba, como podía salir de allí. Más de una vez le había revoloteado la idea del suicidio, pero no se sentía tan valiente como para hacerlo, ni tan cobarde como para no seguir adelante. Simplemente seguía. Al final se quedaba sentada en una esquina de esa oscura sala, no sintiendo nada, no pensando, esperando a que se consumiera la llama. Una vez expirado el fuego, dormía. 

Abría los ojos empapada en sudor, sentía nauseas. Como cada vez que despertaba, los gusanos verdes seguían consumiendo su estómago. No sabía qué hora era ni el tiempo que llevaba durmiendo, pero el hilo de luz que penetraba por su ventana le auguraba un nuevo día. Corría despavorida hacia el lavabo. Resonaban estruendos.

Se conocieron, como muchos otros, gracias a las nuevas tecnologías, mediante cables, pantallas, teclados y a cientos de kilómetros uno del otro. Habitaba en ellos la esperanza de poder hablar con alguien, la necesidad de desnudarse, de mostrar sus aflicciones, aunque fuera ante completos desconocidos. No importaba, podían deshacerse el uno del otro con tan solo apretar un botón. Era su seguridad, su as en la manga. Convertirse en el mejor amigo de un desconocido por una noche, alquilar su diálogo, su comprensión, hacer palpable la necesidad de socializarse. Sentirse un poquito mejor, como todos aquellos que van al psicólogo y cuyo único problema es la necesidad de atención. Ése era su objetivo. Pero su encuentro fue algo más que un simple intercambio de palabras, se entendieron, conectaron. 


martes, 13 de septiembre de 2011

Ella, él (1ª parte)


Ella vivía sola en una burbuja de cristal, con vistas a ninguna parte, ventanas cerradas, puertas selladas, solo la pulcritud y perfección de su pompa de jabón aliviaba su malestar, a la vez que la desquiciaba. Había decidido vivir en soledad, en los libros, en la reflexión, pero ese hastío le partía el alma. Solo le hacía falta un olor, un sabor o una imagen para desatar la tempestad; primero unos leves escalofríos que le recorrían por el cuerpo, luego un nudo en la garganta que la ahogaba, balbuceos, gemidos, y un mar de lágrimas para hacer retorcerse a los gusanos verdes que vivían en su estomago, que lo arañaban y rasgaban hasta el momento en el que sentía angustia y vomitaba. Era extenuante. La magnitud de su sufrimiento era tal que se había transformado en una actividad psicosomática. No quería sufrir por nadie, pero necesitaba alguien para sufrir.  Era un círculo vicioso, una espiral sin salida.

Él asomaba ante sus ojos carámbanos de hielo, donde se podía intuir el invierno en su interior. Vivía apostado en la era glacial, no existía rayo de luz que le iluminara, gota de calor que hiciera sus pelos erizar. La palidez de su rostro denotaba las horas de oscuridad frente a una pantalla o tumbado en la cama dejándose llevar por sus pensamientos. Comenzaba con cualquier cosa con la que distraerse, pero siempre llegaba al mismo final: las malas elecciones, los traspiés o las oportunidades que dejó pasar repiqueteaban en su cabeza como un leve zumbido que se extendía posteriormente hasta el cuello en forma de dolor. Se intensificaba y recorría todo el cuerpo, comenzaba a sentirse mal.  Arrepentido, esperaba alguna redención divina, una segunda oportunidad, pero nunca creyó en los inventos del hombre. Sabía que no era posible y su malestar se acentuaba. Finalmente, como imagen premonitoria, se erigía ante el una muralla en el kilometro cuarenta, de tamaño abismal. Se dibujaba en ella una señal de prohibido el paso, el fin del camino. Le quedaba poco tiempo. Nunca persiguió nada y eso le mataba, podía haber sido cualquier cosa, pero nunca había tenido las fuerzas suficientes para lograrlo. Lo sabía y se le clavaban millones de alfileres cada vez que lo pensaba, uno por cada error, cada equivocación, cada gesto, cada palabra inadecuada. Era demasiado. Exhausto, solo le quedaba algo de aliento para caer dormido.

Ella, pobre azucena infortunada, cansada de perder, se había convertido en un alma solitaria, una oveja descarriada, un pobre corderito inadaptado en un mundo de lobos. Carente de colmillos, la vida se había ensañado mostrándole su peor cara, mordiéndola sin cesar, masticándola y engulléndola una y otra vez, dejándola sin fuerzas para continuar.  Se sentía insegura, nunca había visto un camino a seguir, simplemente seguía el devenir de los días. Desganada, solo se dejaba llevar por la corriente que nos transporta. Se decía a sí misma: “¡Pero siempre hay un camino! ¡Todo tiene un camino! ¡Todos lo tienen! ¿Porque yo no? ¿Qué me hace diferente al resto?” Su vacío crecía y crecía.

Él estaba harto de apostar. A sus treinta y tantos, nada le hacía sentir cómodo, los desafíos le aterraban, no era capaz de sostener una mirada, aun simpática. Cada vez que lo hizo había sentido su ser resquebrajarse, descomponerse en miles de pedacitos. Era muy frágil y decidió que a partir de ese momento  en adelante la guardaría con cautela. Solo regalaría su mirada a las personas en las que tuviera plena confianza, una relación de complicidad. Nadie.  


viernes, 2 de septiembre de 2011

Masters del Universo


¿Siente que su carrera no vale una mierda? ¿Cree que ha perdido valiosos años de su vida estudiando inútilmente? ¡No se preocupe! ¡Tenemos lo que está buscando! ¡Han llegado al mercado….los MASTERS DEL UNIVERSO! ¡Cómprelos, colecciónelos, será superior a cuantos le rodean!


¿No os habéis dado cuenta que en los últimos años se han puesto de moda? ¿Nunca habéis pensado a qué será debido? ¿Los hacemos porque realmente vale la pena, porque nos sentimos arrastrados por la corriente o porque no hay nada mejor a lo que dedicarse? Yo tengo una hipótesis, que puede ser cierta o no, se aceptan críticas. Y por supuesto tiene que ver con economía, qué si no.
 
Como pasó con la primaria, la ESO y el Bachiller, la universidad ha iniciado en las últimas décadas un proceso de devaluación en la mayoría de sus estudios. Un título universitario no tiene el mismo valor hoy que hace 20 años. ¿Por qué? En primer lugar porque mucha más gente ha tenido acceso a la universidad, ha aumentado exponencialmente el número de licenciados, ya no es un “bien escaso.” Por otra parte, existen muchas carreras, mixtas en su mayor parte, que se pueden obtener sin mucho esfuerzo, me refiero sin matarse a estudiar como ocurre con las biosanitarias o las ingenierías.


Nadie contrata a los recién licenciados por falta de práctica y muchas veces de conocimientos. Pero al sistema universitario no le interesa arrancar el problema de raíz, en lugar de mejorar la calidad de la enseñanza y revalorizar las titulaciones universitarias (sí, estoy hablando de hacerlas más jodidas) que supondría fuertes inversiones en material y la profunda renovación de un profesorado acomodado, ha visto filón en el mercado post universitario, donde las universidades sí se esfuerzan por diferenciarse del resto y ofrecer “títulos propios” a mansalva.

Gracias a Bolonia, en los próximos años será casi obligado hacer un master, para ser algo más que un simple licenciado (¡si lo oyeran nuestros abuelos!), ya que el grado es demasiado general. Resultado: nos quieren hacer creer que la pérdida de tiempo que han supuesto cuatro años nos la van a arreglar en uno o dos, previo pago de una buena suma de dinero. Muy poco eficiente, pero muy rentable.

Hay dos  tipos de masters oficiales que puede ofertar una universidad: públicos y “propios”. El precio medio de un master público ronda los 1.700 €, pero lo que de verdad les interesa son los títulos privados. Ahí es donde ponen todos sus esfuerzos en dar garantías de calidad o prestigio. Aquí el precio oscila entre los 4.000 y 12.000 €.


Hasta el momento se han verificado 2.429 másteres oficiales. El número total de másteres conjuntos, es decir, másteres participados por más de una universidad, es de 217, el 8,9% del total. Donde hay mercado es en la producción de títulos propios. 


Este dato pone de manifiesto el incremento continuado que se está produciendo no sólo en los alumnos, sino en la oferta, que ha pasado de 829 en el curso 2006‐07 a 2.429 en el 2010‐2011. ¡En cuatro años se ha cuadruplicado!

En estos momentos es mayor el número de másteres que el de grados y, sin embargo, el número de estudiantes de nuevo ingreso en grado para este curso se prevé en 385.000 mientras que los estudiantes de máster se situarán en el entorno de los 100.000. Vemos que los fondos se dirigen donde hay mayor rentabilidad.

¿De verdad son necesarios 2.429 masters? Si en tan poco espacio de tiempo ha crecido tanto la oferta no me queda más remedio que dudar de la calidad de la enseñanza. Nos están tomando el pelo. Ahora la dificultad es encontrar el master que valga la pena de verdad entre tanta basura.

Conozco mucha gente que dice que el master le ha decepcionado, que esperaba mucho más. Por supuesto, aunque no quede satisfecho no le devuelven su dinero. Muchos me comentan que sirven para hacer prácticas y para conocer gente. ¿Para eso hay que pagar tanta pasta? ¿Para fomentar el enchufismo o networking que es como lo llaman los más cool? ¿Para seguir trabajando gratis?

Hace muchos años oía a mis abuelos y a mis padres hablar de la universidad y aquel que conseguía llegar era la rehostia, hoy es algo normal. Hace no tantos años hacer un master también era la rehostia, hoy es casi el paso obligado para cualquier licenciado. ¿Esta normalización no significará que se están empezando a devaluar?  Ahora están en pleno auge, ¿pero cuando haya una gran cantidad de gente con titulitis qué será lo próximo? ¿El SUPERMASTER?

Aquí estoy recién licenciado de nuevo, sin expectativas de futuro y con mucho tiempo libre. Me dedico a intentar hacer periodismo, a trabajar para mí, para todos y para nadie, a aprender de forma autodidacta, a saber un poquito más sobre los temas que me interesan y, por supuesto, a no recibir nada por lo que hago. Es como hacer prácticas, me sale mucho más barato, aunque nunca seré un master del universo.